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Los Tweedy traen a Madrid el cielo de California

Foto: Lucas García Torralbo

Foto: Lucas García Torralbo

“Lo hago por Tweedy”, “todo sea por Tweedy”, me repetía mentalmente mientras nos calábamos de pies a cabeza.

Tiene que llover hoy, en Madrid, tiene que ser hoy y aquí y ahora, en esta cola que parece que no se va a acabar nunca. Me imaginaba que aquello debía de ser una especie de precio que le teníamos que pagar a un Dios que nos envidiaba, por poder entrar allí dentro y ver a Tweedy desde la arena. Unos extraños nos ofrecen su paraguas y así, compartiendo cobijo, llegamos hasta el umbral de La Riviera. Fuera llueve y dentro, las palmeras, dejan entrever a una pequeña masa de gente, parejas, gente, que se hipnotizan ya con el primero de muchos temas ya imborrables.

Dos Tweedy por el precio de uno, pienso. Van acompañados de una banda a la altura de las expectativas. Empiezan con Fake fur coat y las miradas de complicidad entre Jeff y Spencer van articulando una sucesión desordenada de Sukierae. Summer Noon, que vuelve a encontrarnos con una adolescencia reconocida en “Boyhood” de Linklater. O el eco que nos lleva a través de Slow love y nos somete a una de esas intensidades propias del mejor Tweedy. Se echa de menos la voz dulce de Holly Laessig, que, como ocurría con Feist en Wilco, sabe dar la mano con la presión exacta a la equilibrada voz del músico. Aparece como un latido a contratiempo Love like a wire. No es un tema propio pero está ya completamente interiorizado. Y al final Low key, que llega y se pega a una y la hace sentirse viva y desear que esa noche no acabe nunca, justo antes del cierre. Tweedy despide a todos y se distribuye entre el público un nerviosismo expectante. Todos lo estábamos esperando. Un poco del hombre y la guitarra. La voz que lleva años ensayando el gesto de diluirse entre las cuerdas. Un poco de Tweedy para nosotros, que empieza ahora a desplegar la magia de Wilco.

Foto: Lucas García Torralbo

Foto: Lucas García Torralbo

Aparecen entonces himnos tan esperados como You and I y Jesus, etc. Se ha hecho la oscuridad y ha llegado el zenit. La intimidad de un momento que dura casi tres cuartos de hora y sin embargo se escapa y al que nos aferramos, en silencio. Suenan entre el público los silbidos de pájaros cantando en Hummingbird. Pero todos son conscientes, nadie quiere oír nada que no sea a él. De vez en cuando la emoción embarga a alguno que sube el tono e inmediatamente lo corrige. Nadie quiere oír nada que no sea a él. El público pide su versión del Pecan Pie de los ya míticos Golden Smog. ¿Pero aquí tenéis de eso? Se ríe. No sé qué hago cantando esta canción. Y entonces un solitario reclama “Passenger side”. Y Tweedy, sin titubear, responde. Nos va dando lo que pedimos y coreamos con emoción en cada quiebro. “Si-ide-i-ide”. De repente, el amor, I’m the man who loves you.

Y así, sin más, se declara y se va.

El público aplaude emocionado, en una especie de llanto optimista y colectivo. Nos estamos vaciando esa noche, pero nos estamos llenando esa noche. Vuelve y presenta a la banda que ahora llega con nuevas intenciones. Nos regalan Only the Lord knows y You’re not alone, de Tweedy para Mavis Staples. Una no puede creerse que vaya a poder guardar esto en su memoria para siempre. Llega también Neil Young. Estamos en un recital del mejor folk americano y él no puede faltar. Y entonces Tweedy sabe que esa noche tiene que estar también Guthrie y saltando un océano, recoge la ausencia de su gran amigo Bragg y recupera una vez más, como hicieran juntos en Mermaid Avenue, a la gran leyenda que es Woody. Y casi parece que esa noche pudiésemos mirar hacia arriba y que las luces de La Riviera fueran las estrellas del cielo de California, bajo las que Jeff y Spencer y Guthrie y Bragg y toda la banda de excelentes músicos que están sobre el escenario, nos dejan tumbarnos un rato y pedir que llegue una mano compañera.

Tengo que admitirlo, soy de esas personas que protestan demasiado. Pero cuando salíamos de la sala, todavía un poco tumbados bajo las estrellas, me prometí secretamente que nunca volvería a quejarme de aquella lluvia.

 

Texto de Amanza Bouzada Novoa.

 

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