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Wrapped trees (o tristes jóvenes pretenciosos)

PORTADA BONSAIAl principio, “Bonsái” fue un libro de poemas. Leyendo el periódico, su autor se encontró con una imagen: árboles cubiertos de plástico, “Wrapped trees”, una intervención realizada por el artista Christo. Partiendo de esa imagen escribió un poema sobre árboles encerrados. Luego dio con los bonsáis –que le parecieron, a su manera, muy similares a los árboles de Christo– y escribió un poemario. Un libro de poemas fallido que conforme fueron pasando los años mutó hasta convertirse en una narración particular, que una vez publicada no tardaría en ser llevada al cine.

Digo “narración particular” porque “Bonsái” no es una novela al uso. Con este libro, su autor, Alejandro Zambra, busca llevar al paroxismo la afirmación de Borges de que se debe escribir como si redactara el resumen de un texto ya escrito: “No quería escribir una novela, sino un resumen de novela. Un bonsái de novela.” Un ejercicio de síntesis y brevedad –“en lugar de sumar, restaba: completaba diez líneas y borraba ocho; escribía diez páginas y borraba nueve”–, un relato de 96 páginas en el que nada sobra ni falta.

En la jardinería japonesa, el término bonsái se emplea para denominar al conjunto formado por el “arbolito” –que adquiere su particular forma por la acción de alambres y podas– y la maceta que lo sostiene. No hay bonsái si falta alguno de estos dos elementos. Es así como se explica que el primer párrafo de este libro funcione como el soporte, el recipiente, a partir del cual se erija toda la historia:

“Al final ella muere y él se queda solo, aunque en realidad se había quedado solo varios años antes de la muerte de ella, de Emilia. Pongamos que ella se llama o se llamaba Emilia y él se llama, se llamaba y se sigue llamando Julio. Julio y Emilia. Al final Emilia muere y Julio no muere. El resto es literatura” (13).

Julio y Emilia, él y ella, podrían ser cualquiera. Son dos seres condenados a existencias anodinas, solitarias, mutiladas y sin sentido, que se unen para crear una intimidad basada en el sexo y las mentiras. Mentiras que hacen parecer la vida más interesante, como decir que se ha leído Proust cuando nunca se ha hecho. O la propia literatura, a la que acuden para “diferenciarse” y “elevarse” sobre los demás:

“Ésta es la historia de dos estudiantes aficionados a la verdad, a dispersar frases que parecen verdades, a fumar cigarros eternos, y a encerrarse en la violenta complacencia de los que se creen mejores, más puros que el resto, que ese grupo inmenso y despreciable que es el resto” (25-26).

“Bonsái” no sería lo que es sin su narrador, que se hace presente hasta el punto de casi convertirse en un personaje más. Comentarios en los que se deja entrever  el proceso de construcción del relato y la artificialidad del mismo. Ironías. Un ánimo constante, no hay compasión, por zaherir, ridiculizar y poner en evidencia a sus personajes. Obsesión por el número dos, por la dualidad (13-14, 39). Y una implícita consideración de la literatura como un arma de doble filo, un juego de “mentiras” y “verdades” que es mejor no tomarse muy serio ni leer miméticamente salvo que se quiera acabar, como el bueno del Quijote o los protagonistas de esta historia, habitando entre la locura y la irrealidad.

 

Artículo de Esteban Zunín Yelpo.

 

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