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Güeros: En busca del hombre que hizo llorar a Bob Dylan

Escena de "Güeros" de Alonso Ruizpalacios.

Escena de “Güeros” de Alonso Ruiz Palacios.

Premios en la Berlinale, Tribeca o San Sebastián, entre otros festivales; 12 nominaciones a los premios Ariel –el equivalente mexicano a los Goya– e infinidad de buenas críticas conforman la carta de presentación de “Güeros”. Una road movie chilanga en la que sus protagonistas cruzan las fronteras invisibles de México DF, un viaje por una megalópolis asfixiante y desigual, en la que lo grotesco se vuelve en ocasiones cómico y por momentos bello.

“Güeros” es una película cuyo guión bien podría haber sido escrito por Bolaño.

La historia comienza con Tomás, que a raíz de una gamberrada es mandado por su madre al DF a pasar una temporada junto a su hermano Fede, al que todos llaman Sombra. Al llegar a la capital, Tomás desembarcará en la desesperante realidad en el que se encuentran instalados –o más bien “encerrados”– Sombra y su compañero de piso, Santos. La universidad lleva meses tomada por estudiantes en huelga y ellos no hacen nada, no están ni a favor ni en contra, simplemente están “en huelga de la huelga”. Habitan un limbo de inactividad que Tomás no será capaz de soportar y que lo llevará, a la primera de cambio, aprovechando una noticia del periódico –“leyenda del rock nacional agoniza”–, a iniciar un particular odisea por la ciudad. A la que más tarde se unirá Ana, una activa militante del movimiento estudiantil que pincha canciones y poemas en una radio pirata y de la que Sombra está perdidamente enamorado.

Si en “Los detectives salvajes”, los personajes parten a Sonora en busca de la poeta Cesárea Tinajero; en “Güeros”, Ana, Tomás, Sombra y Santos deambulan en coche por el DF buscando a Epigmenio Cruz, un olvidado cantautor que con su música hizo llorar a Bob Dylan. En ambas obras, el artista marginal elevado a mito funciona –como diría Hitchcock– de mcguffin, mera excusa para poner a los personajes y sus vidas en movimiento, abriendo así una puerta que les permita escapar. Porque en esta película todos buscan huir, todos son “güeros” [1], todos se encuentran encerrados en cascarones que irán resquebrajándose conforme avance ese viaje con tintes de catarsis que será la búsqueda de Epigmenio Cruz.

Rodada en 4:3 y en un blanco y negro que le brinda un aire nostálgico y atemporal, “Güeros” recuerda a “Stranger than Paradise” de Jarmusch o “Mala Noche” de Van Sant, pero más que nada a las primeras películas de Godard o Truffaut. Rompe con los cánones del cine digital, actualizando –sin caer en intelectualismos– el discurso contestatario de la nouvelle vague hacia el cine de su tiempo.

Güeros es de esas óperas primas desenfadas, libres, en las que se nota que el director ha hecho lo que le ha dado la gana, pero lo ha hecho bien.

Escena de "Güeros" de Alonso Ruiz Palacios.

Escena de “Güeros” de Alonso Ruiz Palacios.

Podría parecer por momentos que la creación es para Ruizpalacios un juego. Pero no. Él sabe a dónde quiere ir. La libertad no deriva en caos ni la experimentación vuelve la película ininteligible ni le quita lirismo. Todo lo contrario, Ruizpalacios logra innovar, que en cine no es más ni menos que hacernos ver las cosas de otra manera, reinventar la realidad de tal forma que las cosas que hemos visto mil y un veces nos parezcan nuevas y fascinantes. Por ejemplo, un beso. Hemos visto mil y un besos en pantalla, pero el que Güeros –con preludio y todo– pasará seguramente a los anales de la historia del cine.

Una de las claves de este logro es la cuidada estética, no sólo de la imagen, sino también del sonido, con un diseño muy particular, en especial de los pocos y breves silencios, al que se suma una banda sonora, íntegramente compuesta por diversas versiones de temas de Pedro Infante, quién musicalizara las películas de la edad de oro del cine mexicano, en los años 40 y 50. Un envoltorio de rara belleza para un relato vigoroso como un puñetazo en la cara.

 

[1]

                        [1] Güeros

  1. Rubio o de piel clara.
  2. Dícese del huevo que ya tiene pollo dentro.

Artículo de Esteban Zunín.

 

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