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“Los insólitos peces gato”: compartiendo soledades

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Fotograma de “Los insólitos peces gato” de Claudia Sainte-Luce.

Hay historias que nos persiguen. Momentos de nuestras vidas que a veces necesitamos exorcizar escribiéndolos, gritándolos al viento o susurrándolos a un oído atento. Momentos que se desgranan en emociones, sentimientos, imágenes; como “el deseo de correr sin detenerse, patear botes de refresco en la calle, suspirar sin motivos, llorar los domingos por la tarde, conducir sin rumbo, tararear una canción de los sesenta en una sala de espera de hospital, odiar el blanco o decir enterrada cuando quieres decir encerrada…”.

La lista sigue, es larga. Quién recuerda es Claudia Sainte-Luce, la directora de “Los insólitos peces gatos”, película en la que revisa –con la libertad que brinda la ficción– un fragmento de su vida, el tiempo que compartió con la (excéntrica y numerosa) familia de Martha, una madre soltera infectada con VIH tardíamente detectado. No es extraño, así, que la protagonista de la película comparta nombre con la directora.

Claudia trabaja como promotora de salchichas en un hipermercado. Está sola –siempre lo estuvo– y sobrevive como puede. Un día, a causa de una apendicitis, es internada en el hospital. En la cama contigua se encuentra Martha, que le habla con cercanía y calidez, como si fuera una amiga de toda la vida. Comienza así esta historia en la que Claudia se convierte, sin querer queriendo, en hija y hermana, un miembro más de la familia de Martha.

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Fotograma de “Los insólitos peces gato” de Claudia Sainte-Luce.

Los insólitos peces gatos nos remite a esa necesidad que todos tenemos de pertenecer a un grupo, a una tribu de amigos, familia o lo que sea, en la que sentirnos entendidos, cuidados y, a la vez, conectados y comprometidos con cada uno de sus miembros. Un sentimiento de pertenencia que alivia nuestra soledad, porque como dice Sainte-Luce: “los seres humanos somos seres que compartimos soledades”.

La aparición de Claudia viene a suponer para la familia un balón de oxígeno. Ella trae consigo la novedad propia de lo desconocido y, casi inconscientemente, actúa –en palabras de la directora- como un “pegamento”: reuniendo a los hijos, divididos por las tensiones y el natural cansancio, que se derivan de esa larga travesía por el desierto que es la enfermedad terminal de una madre.

Sainte-Luce nos cuenta su historia entre susurros, porque a veces un susurro es más fuerte que un grito.

La película tiene todos los elementos para convertirse en un cursi y arrebatador melodrama, la típica tearjerker; y, sin embargo, la directora –ayudada por un buen elenco de actores y tal vez por la distancia que trae consigo el tiempo– crea un relato sensible y equilibrado, en el que dolor se plasma de forma sutil en pequeños gestos, miradas, frases sueltas y preguntas sin respuesta, un dolor que se ve aliviado con dosis de humor y escenas que operan como un canto a la vida, reflejando pequeños placeres o muestras de afecto, como regalar un pez gato, compartir una bolsa de papas fritas o bañarse en el mar.

Fotograma de

Fotograma de “Los insólitos peces gato” de Claudia Sainte-Luce.

Con Los insólitos peces gato, Claudia Sainte-Luce ha logrado lo que pocos directores consiguen con su primera película: la suya es una ópera prima que emociona y no se olvida gracias a su mirada madura y demoledoramente delicada sobre la enfermadad, el dolor y los afectos.

 

Artículo de Esteban Zunín.

 

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