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“Sin Manos y otras proezas de la infancia”, un delorean de papel

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“Sin Manos y otras proezas de la infancia” es el primer libro de Rodrigo García Lorca y Raúl Jiménez Muñoz, dos adultos que nunca dejaron -en parte- de ser niños. El libro se compone de ochenta y cuatro microrrelatos que forman un delicioso túnel del tiempo que nos transporta a la infancia desde el punto de vista más ingenuo.

Niños que juegan con ratones, adultos que no creen en fantasmas y ancianos que hablan con las plantas se fusionan con dinosaurios, vampiros o súper héroes para dejarnos un dulce sabor de boca. Casi tanto como el algodón de azúcar que comíamos, cómo no, cuando éramos pequeños.

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¿Cómo erais cuando erais pequeños y qué queríais ser de mayor?

Raúl: Unos niños muy raros. A Rodri lo recuerdo siempre dibujando zapatillas y haciendo grandes y complicadas construcciones de Tente. Yo le escondía las fichas. Creo que por mi culpa el mundo se perdió otro ingeniero.

Rodrigo: (Risas) Sí, lo de las construcciones siempre me fascinó. Raúl quería ser de mayor saltador olímpico. Jugaba todo el rato a que se lanzaba de un trampolín. Estaba obsesionado con eso. Es curioso, porque siempre ha tenido pánico a las alturas.

¿Qué queda de esos niños en los adultos que sois hoy en día?

Raúl: Nos queda esta lógica disparatada, la capacidad de asombro y un airgamboy pirata al que le falta el brazo izquierdo. Ese es todo el botín.

De los 84 cuentos o historias si tuvierais que quedaros con una, ¿con cuál sería?

Rodrigo: Bueno, aunque el libro está compuesto por un montón de historias independientes, nosotros lo entendemos como un todo y no como un conjunto de piezas solteras. Nos parece que todas cumplen un papel y cada una contribuye a hacerte una idea global de lo que intentamos contar.

Son como las fotos de un álbum. Un álbum familiar muy loco. Sería difícil escoger una.

¿Alguna de las “proezas de la infancia” que se relatan en el libro sucedió en realidad?

Raúl: Alguna sí. Es cierto, por ejemplo, que construimos una nave. Era un cacharro muy bien pensado. Hasta había un compartimento para guardar las canicas. No sé porqué, pero entonces nos parecía que uno no podía salir al espacio exterior sin llevar un par de bolones de nácar. Supongo que nos asustaba morir de aburrimiento.

Rodrigo: (Risas) Si las mesas de oficina llevaran un compartimento secreto para las canicas trabajaríamos todos más a gusto.

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Os conocéis desde muy pequeños, ¿es este el primer proyecto en el que trabajáis juntos? 

Raúl: En realidad, no sabría decirte. Es verdad que es el primer libro que hacemos juntos, pero proyectos hemos tenido muchos. No sé, a los nueve participamos en un playback de Grease, a los trece diseñamos un paraguas con calefacción, atándole al mango un secador de pelo. Proyectos hemos tenido muchos. Aquellos locos proyectos fueron importantes para nosotros en su momento, y el libro forma parte de todo eso. Aunque, por otro lado, se trata de un trabajo de ficción. No queríamos aburrir a nadie contando nuestros recuerdos de infancia, sino tratar de compartir con la gente nuestro sentido del humor y nuestro imaginario. Queríamos construir un artefacto lleno de pequeñas piezas, que funcionara como una máquina del tiempo. En el fondo, es como seguir jugando al Tente. Sin Manos se parece mucho a aquella nave absurda que hicimos con tubos de papel higiénico.

A pesar de la temática aparentemente infantil del libro, muchas de las historias sorprenden por el trasfondo que tienen, ¿en qué tipo de lector pensabais al escribirlo?

Raúl: No pensamos nunca en un perfil concreto de personas. Por ahora son muchos los lectores adultos que se han acercado al libro, pero también hay adolescentes, y, afortunadamente, unos y otros conectan por igual con las historias.

Todo el cromatismo del libro se basa en rojos, blancos y negros muy desaturados, ¿a qué se debe esta elección?

Rodrigo: Para nosotros era muy importante que la atmósfera surrealista, evocadora y a veces naif de los textos tuviera una continuación en las ilustraciones, que se miraran de tú a tú. Por alguna razón los espacios en blanco y las superficies en grises nos trasmitían esa sensación un tanto desconcertante. El rojo en determinados puntos nos sirvió para crear puntos de tensión en la imagen.

Además del surrealismo de las historias y las ilustraciones –una de ellas está inspirada en una obra de Magritte-, ¿qué influencias habéis tenido a la hora de hacer el libro?

Raúl: Como señalas, hay en el libro un homenaje a Magritte, que nos gusta mucho, y hay también otro al dinosaurio de Monterroso. Entre las influencias, hay que citar a Ramón Gómez de la Serna y a Miguel Gila. ¡Dos monstruos! Por otro lado, hay una canción de Nacho Vegas, titulada Detener el tiempo, que ha sonado continuamente en nuestra cabeza mientras trabajábamos en este libro.

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Si se peleasen Superman y Spiderman, ¿quién ganaría? ¿Qué superhéroe creéis que necesitaríamos hoy en día? (o quizás necesitamos más osos polares…)

Raúl: (Risas) De pequeños, jugábamos mucho a eso. Ahora, de los superhéroes famosos, yo creo que me quedo con Rosendo. Es el más entrañable.

Rodrigo: Creo que hemos confiado demasiado en los superhéroes y las cosas no nos han ido del todo bien.

Siempre nos despedimos en las entrevistas pidiendo una recomendación, ¿cuál es la vuestra? 

Raúl: Hay una peli de Lars Von Tier que se llama “El jefe de todo esto”. Es una peli que mucha gente no conoce, porque es muy distinta a todas las otras de este director. Es muy divertida. También quiero recomendar un lugar muy especial, llamado Libros28. Es una pequeña librería con mucho encanto. Hay otras parecidas en otras ciudades, pero Libros 28 es la que yo frecuento, y me parece que tiene algo mágico.

Rodrigo: Yo recientemente he vuelto a ver dos series que en su día me gustaron mucho y ahora las he disfrutado tanto o más que entonces. Una es “Doctor en Alaska”, que me parece la serie más encantadora que se haya hecho. ¿Quién no querría vivir en Cicely? Y la otra es “Es mi vida (My so-called life)”. Creo que es un retrato complejo y fascinante de la edad adolescente, de la amistad, las primeras relaciones, las emociones, los miedos y los sinsentidos de esos años. Además nos pilló con quince años y Raúl y yo estábamos enamorados de Angela Chase.

 

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