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“Peaky Blinders”, take a walk on the wild side

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Ve a dar un pequeño paseo por los límites de la ciudad y cruza las vías, a través del ghetto y de los barrios, las villas y los tugurios, y encontrarás al hombre altivo y apuesto, que se esconde entre la bruma y el carbón, y que se erige sobre la tormenta que está apunto de descargar.

A través de una cabecera, siempre cambiante y sosegada, al ritmo de Red right hand de Nick Cave and The Bad Seeds se nos muestra al nuevo antihéroe de la BBC: un gángster mestizo con tintes de mesías underground que planea edificar su nuevo imperio mediante apuestas ilegales de carreras de caballos. Y es que la canción del australiano encaja como si de ella se hubiera inspirado la historia de Tommy Shelby, sustentando y resumiendo la evolución del personaje que interpreta de manera brillante Cillian Murphy, quien capítulo tras capítulo se encarga, poco a poco, de modelar a imagen y semejanza el pandillero británico de los años 20, un personaje que nunca antes se nos había presentado de esta manera.

Junto a la gran actuación de Murphy como el cabeza de familia de los Shelby, el carismático y genuino Thomas Shelby, capaz de hacer volar por los aires su propio pub, el Garrison, la imagen de su poder, el fuerte de los soldados de la boina punzante -para cobrar el seguro y provocar una guerra de bandas por la expansión de sus negocios- nos topamos con Arthur, el hermano mayor e inestable (Paul Anderson), John, el mediano y más sensato– dentro de los límites de un Shelby- (Joe Cole) y la sabia tía Polly (Helen McCrory), entre otros, como miembros de los Peaky Blinders, la banda más temida del sur de Inglaterra. Además, tenemos al hombre que encarna la revolución: Freddie Thorne (Iddo Goldberg); debido a la época en la que estamos no podría ser otro que un comunista. Y como todo héroe necesita su villano, Sam Neill se meterá en la piel del severo inspector jefe Chester Campbell, encargado de poner orden en Birmingham después de perseguir y dar caza al IRA en Belfast.

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También nos encontramos con el resto de la sociedad multicultural que presenta la serie británica: los gitanos, y toda su magia casera personificada en la familia Lee, los londinenses y sus excéntricas juergas, los italianos y los dominios de Sabini, los irlandeses y su carácter revolucionario, y los judíos panaderos de Tom Hardy y su acento cerrado. Un Tom Hardy resentido que da miedo, o por lo menos, respeto, desde el minuto cero. Impagable su interpretación en esta ficción. El punto romántico, a la par que misterioso, lo darán ellas: Grace (Annabelle Wallis) –y su secreto– y May (Charlotte Riley) y su atrevimiento. Cada una en su respectiva temporada, siendo siempre la debilidad de Tom Shelby y lo único que podría hacer peligrar su misión.

A través de la densidad de la niebla y el polvo blanquecino, Steven Knight nos narra la historia de esta familia medio gitana que se ha hecho un hueco respetable entre la sociedad del momento y planea dar su golpe a raíz de un inesperado y peligroso acontecimiento. Entre un sinfín de cigarrillos y whiskys nos acabaremos aficionando a los Peaky Blinders y a su forma de vivir la vida, tanto como a su “delicada” manera de perder las formas. Una fórmula que nunca falla, un gancho a partir de una brillante actuación y una magnífica realización.

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Esa cámara que se guía por idas y venidas entre enfoques y desenfoques de gitanos, judíos, mestizos e italianos, a la par que nos muestra la parte más hermosa de los suburbios y bajos barrios del Birmingham de los años 20. Una estética tan cuidada que parece colocar a las Peaky Blinders como los hipsters de la época: con un corte de pelo tan particular y el botón de las camisas hasta arriba, pero con más estilo, eso sí, siempre a caballo. Y la localización que nos mete de lleno en una ciudad asolada por la miseria y sometida a la bruma y al carbón, tan característico de la revolución industrial, donde los hombres intentan salir de la resaca de la Gran Guerra donde dejaron sepultadas sus vidas anteriores en los túneles franceses. Entre otra infinidad de buenas ideas.

Pero, a pesar de todo esto, a la primera temporada le faltó todo aquello que ganó tanto en la segunda: enredarse en la trama, complicar y perfeccionar un guión para resolver lo inesperado, y reforzar el drama, pero también la acción. Eso sí, la fotografía siempre fue algo mágico desde que se nos presentaron a los Shelby por primera vez (como olvidar el hechizo gipsy que le hace Tommy a su caballo en la primera secuencia). Una forma realmente hermosa de mostrarnos los lúgubres paisajes del barrio de Birmingham. Y cómo no hablar de los finales. Esa moneda al aire, ese travelling circular que rodea al presente y al futuro de los Shelby al ritmo del Do I wanna know de Arctic Monkeys, esa frase, ese último plano, que cierra y a la vez abre las puertas de lo que está al llegar mientras nos deja con las ganas de saber que sucederá con los –con perdón– jodidos Peaky Blinders.

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A fin de cuentas, Peaky Blinders es esa serie que nos pide que saquemos nuestro lado más salvaje, que nos arriesguemos y nos sacudamos el miedo, que seamos ambiciosos, pero también nos advierte que si jugamos con fuego podemos arder. Es una serie que crece, como sus personajes, con un ritmo trepidante y una banda sonora completamente provocadora y elegante, que pasa de Nick Cave a los riffs de Jack White, solo o acompañado por sus diversas bandas, los sonidos rompedores de Royal Blood al blues moderno de The Black Keys, o del crudo rock alternativo de PJ Harvey a las melodías del último álbum de Arctic Monkeys.

Un brillante ejercicio de seducción al espectador, pues con solo mirar la serie dan ganas de cortarse el pelo a tazón, ponerse la boina, subirse a lo alto de la barra y gritar a pleno pulmón “We are the fuckin’ Peaky Blinders” con esa seguridad en la mirada de que hoy no, hoy no me detendrán. Porque nunca la pólvora estuvo tan mojada, pero y, qué bien sabe disparar con la mirada mientras sientes que todo está en orden en tu agujero negro, aunque todo te salpica pero te mantienes firme, siempre con un as bajo la manga -cual navaja en la parte posterior de la boina- y esperando a que ellos maldigan aquello que más temen, que seas un Peaky Blinder. Porque la familia siempre fue lo primero para un gángster, seas de la época que seas.

 

Artículo de David Vaquero.

 

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