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La relación viciada (o el feroz capitalismo)

Brueghel Triunfo de la muerte

«Casi en cada mesa una cara conocida. La generación que está en el poder: de treinta y cinco a cuarenta y cinco años. Los que supieron dejar de ser franquistas a tiempo y los que supieron ser antifranquistas en su justa medida o a su justo tiempo»

El pianista, Manuel Vázquez Montalbán

Normalmente, las reseñas y los artículos de opinión de una obra literaria —no discutiremos en estas líneas las condiciones ¿objetivas? que debe reunir una obra literaria para llegar a ser una obra literaria— surgen a partir de una novedad editorial. Esto es: una editorial (llamémosla, a partir de ahora, X) decide, para promocionar su nuevo título, enviar nosesabemoscuantos ejemplares de este nuevo título a numerosos periódicos (o sus respectivos suplementos), revistas y fanzines digitales culturales. Así, mueren (o mejor dicho: matamos) dos pájaros de un tiro: por un lado, X copa con su nuevo título los grandes espacios culturales de la prensa nacional y/o provincial y/o comarcal (lo que, a grandes rasgos, también significa copar los escaparates de las grandes y medianas librerías); por otro lado, estos periódicos (o sus respectivos suplementos), revistas y fanzines culturales disponen periódicamente de material fijo para, a falta de algo más interesante, cubrir y/o actualizar sus respectivas páginas. A grandes rasgos, esto es lo normal. Y hasta aquí todo legítimo. De hecho, este trabajo asociativo resulta imprescindible para que medianas y pequeñas editoriales (no hablemos ya de las editoriales independientes) puedan reivindicar su espacio dentro de la lógica mercantil. De la misma manera, esta forma de trabajo también resulta fundamental para revistas y fanzines más modestos, sin (apenas) presupuesto económico, que necesitan periódicamente material nuevo, ya que no pueden contratar periodistas y/o colaboradores/as.

¿Cuál es el, entonces, el problema de estas asociaciones? Hay varios. Por cuestiones de tiempo y espacio, solamente trataremos los dos fundamentales. El primero: la corrupción o, dicho de otra forma, la putrefacción del sistema. Es bastante habitual que las grandes editoriales y los grandes grupos de comunicación de este país utilicen estas asociaciones para sus propios intereses. Un ejemplo: no es casualidad que, en diciembre del pasado año, cuando Babelia (el suplemento cultural de El País) publica “Los 10 mejores libros de 2015”, encontremos que cinco de los diez libros seleccionados pertenecen a la editorial barcelonesa Anagrama (que, a día de hoy, forma parte de la editorial italiana Feltrinelli). Y, dicho esto, maticemos: no pretendemos, en estas líneas, poner en tela de juicio la calidad de las obras publicadas —Los diarios de Emilio Renzi (Años de formación) de Ricardo Piglia y Farándula de Marta Sánz son, a nuestro juicio, dos grandes obras literarias— simplemente queremos poner sobre la mesa el abuso de los de siempre a costa de los de siempre. El segundo problema al que nos enfrentamos tiene que ver con la supervivencia de las revistas y fanzines más modestos. En numerosas ocasiones, estos medios más modestos aceptan (*léase: se ven obligados a aceptar) títulos que, en principio, distan de los cánones de calidad suspuestamente objetivos por los que habían dicho definirse y, además, distan del gusto del/a periodista y/o colaborador/a. ¿Por qué ocurre esto? Debemos partir de la base de que a) dicho medio, como sabemos, no dispone de ningún tipo de financiación —algunos de estos medios, simplemente, establecen una cuota mensual y/o trimestral entre los/as socios/as que no da más que para sentar las bases de un cierto grado de pertenencia y compromiso de trabajo— y, por tanto, no puede contratar, pero debe garantizar a sus lectores/as una mínima cantidad de material por día, semana y/o por mes y b) dada la saturación de medios, canales y blogs (etc.), dicho medio debe sino diferenciarse sí estar permanentemente actulizándose para, como gusta decir a los agentes de La Bolsa de Madrid y publicistas varios/as, fi-de-li-zar a sus lectores/as.

Habría, pues, que diseccionar estos dos problemas: el primero tiene que ver con las relaciones de poder. De hecho, sería fácilmente explicable a partir de la teoría del campo de Bourdieu. El segundo, a pesar de estar determinado por el primero, encierra también una lógica de actuación propia: a dicho medio no debería bastarle con sobrevivir dentro de la saturación del mercado, sino que debería ser capaz de encontrar el equilibrio entre lo que podríamos convenir en llamar “calidad” y número de actualizaciones, entre estética y likes.

 

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