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The Office: mi mundo en una oficina

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Creo que al principio no era consciente. No, simplemente me divertía con el ácido humor de una serie que si te engancha estás perdido: el típico caso de una muerte no anunciada a tu vida social. Una sitcom, todos sabemos cómo funcionan: 20 minutos rápidos e ingeniosos. Yo soy de esos que necesitan parar de leer un libro sólo y cuando termino el capítulo, pues aquí la situación era la misma: si empezaba un episodio no podía dejarlo a medias, y en cuanto engullía episodios dejaba de ser una cuestión de manías propias.

Con The Office me enganché a las series de primera división, sobre todo las americanas, o alguna que otra de la BBC (aunque Netflix se dedique a recordarme constantemente que tengo muchas a la mitad). Pero, por encima de todo, me aficioné a una forma de contar una historia. Lo de hablar a través de la cuarta pared, ese estilo de falso documental, el humor negro sin tapujos y los coqueteos de los protagonistas con la cámara me parecieron fabulosos, pero según evolucionaba la serie me volvía adicto a otros trasfondos más profundos. La relación entre Jim y Pam ya era cosa de tres conmigo, Dwight no podía terminar su “crimen perfecto” sin mi colaboración y la inmadurez de Michael me hacía soltar “That what’s she said!” casi por inercia si el momento lo requería.

The Office - Season 9

Me acabé dando cuenta que más allá de una serie cómica, de las pocas que me han hecho reír a carcajadas o recomendarla a mis amigos hasta la saciedad, contaba la historia de una vida, o más bien, de diferentes vidas, todas aquellas que pasaban por las oficinas de Dunder Mifflin a lo largo de nueve temporadas y que me hacían formar parte de esa gran familia. Una conexión entre el humor más hilarante y la empatía más humana con cada uno de los personajes de la serie (un auténtico dream team) me acabó intercambiando las carcajadas por emociones a flor de piel según se aproximaban los últimos capítulos. Incluso cuando el mayor gancho de la serie, el irrepetible Michael Scott, como todos sus alter ego (Date Mike, Michael Scarn, Santa Bond o incluso su añorable versión de Willy Wonka), abandonó el barco en la séptima temporada, me resultó imposible, aunque se perdiera el mayor aliciente, dejar al resto de la tripulación a un lado.

Una conexión entre el humor más hilarante y la empatía más humana con cada uno de los personajes de la serie me acabó intercambiando las carcajadas por emociones a flor de piel según se aproximaban los últimos capítulos.

Y ahí, creo humildemente que está el éxito: ya no sólo se había convertido en una serie que te hacía reír sobre cualquier tema, ahora la cosa iba más allá, había aprendido tanto de ellos que el cariño que les tenía me dejaba la misma sensación que cuando terminas un buen libro. Había “crecido” con ellos, me identificaba tanto con Jim, compadecía tanto a Dwight y compartía tantas cosas con Pam…Incluso aún deseo llegar a tener un jefe que me irrite tanto como Michael Scott. Porque las cosas con cariño saben mejor y la química que desprendían se notaba a través de la doble cuarta pared que nos separaba. Supongo que será la sensación de agradecimiento hacia aquellos que te enseñan su vida más íntima mientras te hacen pasar un buen rato. Así que sí: “Vivan los idiotas que nos hacen reír”.

 

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