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Trainspotting 2: elige reiniciarte

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Elige elegir. Elige escapar con 16.000 libras que no te pertenecen por un trueque delicado y dejar 4000 de esas a tu amigo torpe que no hace daño a nadie. Elige irte fuera de la ciudad y vivir una vida nueva. Elige centrarte en algo que te aleje de la heroína. Elige un buen trabajo, un Audi que te cagas y un chalet con jardín. Elige correr hasta que todo se empiece a volver borroso. Elige volver, aunque ello te haga recordar, aunque ello te cueste casi la vida.

Danny Boyle ha reunido a los chicos de los suburbios de Edimburgo 20 años después, más maduritos, más sosegados (menos Beggie, siempre está como una puta cabra) pero con cada una de sus taras, sus prisas y su frescura, o por lo menos lo intentan.

Y os preguntaréis: ¿De verdad era necesaria una segunda parte? Pues bien, ‘Trainspotting’ es de esas películas icónicas que las quieres como cinta única y que ni intenten cagarla con un nueva. Pero dentro de estas, ‘Trainspotting’ por lo menos presentaba un final del cual no le podíamos decir que no tuviera continuación ni que no nos entrara el gusanillo por saber si verdaderamente la cosa iba a acabar ahí. No tenía por qué ser necesaria, pero solo por la adrenalina de ver a los muchachos de vuelta a las andadas, ha merecido la pena.

No es igual que la primera, así que iros quitando la idea de la cabeza de ese ambiente deprimente cargado por la heroína, pero sin embargo, se parece bastante. Se nos presenta una continuación, una vuelta a casa, a los orígenes, marcada por la nostalgia de todo aquello a lo que Mark (Ewan McGregor) se tuvo que separar ese día cuando eligió elegir una nueva vida. Cuando después de la oportunidad, eligió la traición, y ninguno de nosotros le miramos mal por ello (más bien todo lo contrario). A través del brillante ritmo de una banda sonora que alterna nuevos hits con temazos pasados y el montaje tan atractivo que caracteriza a ‘Trainspotting’ se presenta un homenaje más que palpable a la cinta que marcó una generación, un estilo, una sociedad, una marca.

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La historia es distinta, hay quien dirá que esto no es ‘Trainspotting’ y, hombre, por un lado sería complicado volver a hacer un hito generacional dos décadas después (aunque tampoco imposible), y, por otro, al menos por mi parte, es de agradecer que las drogas dejen paso a otros temas más acordes con los 20 años de más que llevan encima los cuatro jinetes escoceses que siguen jugando a ser jóvenes.

El discurso tampoco es el mismo, pero como casi todo en esta película, sigue mamando de su predecesora. El último eslogan de Renton al final de la primera, positivo y egoísta, resignado a una vida materialista con tal de no regresar a la alternativa: la heroína. Esta vez la crítica se centra más hacia una sociedad millenial a la que acaba diciendo: “se un adicto, pero se un adicto a otra cosa.

La acción cambia (al final va a parecer que no todo era tan igual): ya no solo huyen, ahora si se tienen que partir la cara entre ellos lo hacen, y si corren es porque se han ganado su derecho en escenas brillantes. Hasta el final (alerta de SPOILER) cobra un ambiente de lo más ‘Blade Runner’ con una pizca evidente de ‘El Resplandor’.

Todo, aunque igual, ha cambiado. Hasta los personajes. Y es el que el tratamiento de cada personaje en esta secuela se trabaja más: Sick Boy (Jonny Lee Miller) ha cambiado la heroína por la coca – todo pasa de moda – aunque sigue igual de perdido, parece que Nina (Anjela Nedyalkova), la nueva incorporación, es lo único que tiene claro; Spud (Ewen Bremmer) no ha conseguido superar a la heroína, a pesar de crear una familia, y sigue buscando algo que la reemplace; Beggie (Robert Carlyle) planea cómo salir de la cárcel sin replantearse si quiera una mínima penitencia; y hasta Diane (Kelly McDonald), fugaz en esta entrega, es una buena abogada. Pero en el fondo, todos siguen igual, sobretodo Mark, a pesar del cambio de aires lo sigue recordando todo como lo dejó. Y en realidad elige ver como la historia, irremediablemente, se repite.

Pero al igual que con algunas películas, a veces me da por pensar que cuando ves un final que te deja reconfortado uno se puedo olvidar de todo lo que haya visto, leído o escuchado con anterioridad, una especie de carta blanca temporal, un insomnio momentáneo para dar paso al disfrute de un espectador que ha venido a entretenerse, que ha elegido ir al cine, quien sabe si para aislarse del ruido del exterior, y que sale de la sala con las ganas de correr mientras suena (por fin) Lust for life de Iggy Pop. Así que olvidad todo lo que os he dicho y salid afuera a elegir vuestra propia vida.

 

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