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¿Qué es el cine artesanal?: a propósito de “Andrés Lee i Escribe”

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Nos encontramos con Daniel Peralta, director de Andrés Lee i Escribe”, en la librería Ocho y medio de Madrid. En las estanterías se apilan centenares de libros sobre cine, pero lo que más llama la atención es la variedad de afiches autografiados que cuelgan de las paredes: por ejemplo, un cartel de “Y tu mamá también” firmado por Alfonso Cuarón, Gael García Bernal y Diego Luna; o varios posters de películas de Almodóvar, desde “Mujeres al borde de un ataque de nervios” hasta “Julieta”, con afectuosas dedicatorias escritas por el director manchego. A un costado, en un sencillo anaquel blanco se amontonan viejas copias de guiones de películas que han alcanzado ya la condición de clásicos, como “My own private Idaho” o “E.T.”, cinta que marcó a Daniel Peralta, quién hasta el día de hoy sigue siendo un amante empedernido del cine de los ochentas.

Es al cine de aquellos años, el cine que definió su infancia y adolescencia, al que Peralta rinde homenaje en su última película, “Andrés Lee i Escribe”, en la que su protagonista, un treintañero de nombre Andrés Centeno, se reencuentra con ciertas películas y recuerdos de su pasado no por nostalgia, sino como un ejercicio de memoria que le permite retomar el rumbo perdido y encarar el futuro.

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Esta conversación con Peralta, más que como un tráiler de ALiE funciona como un making off de la película, un detrás de cámaras para conocer mejor el modo de entender y hacer cine por el que ha optado este director chileno: una propuesta de cine craft-artesanal, independiente y auto-producida, enfocada en la calidad y el detalle, que busca por encima de todo la autenticidad.

Según Daniel Peralta, “el cine sirve para mirarnos, es un espejo del momento, un espejo en el que nos reflejamos para intentar entendernos”, descubriendo así cosas que antes no habíamos apreciado o comprendido.

Para lograr este efecto, cada película, “además de un compromiso político, de ese adolecer, de esa mínima rabia que surge al ver la realidad y sentirse disconforme con ella, necesita tener una cierta dosis de emotividad. Emoción que nace de la autenticidad”. Autenticidad entendida como sinceridad: “como director, debes conocer y saber de lo que estás hablando, haber empatizado con los personajes porque has vivido y sentido lo mismo que ellos: uno no puede retratar bien la soledad sino ha estado verdaderamente solo; si muestras un libro, tienes que habértelo leído; si muestras una calle, haber caminado por ahí; si uno de tus personajes besa a una chica de una cierta forma, tienes que haberla besado así. Esas cosas, aunque parezcan obvias, son importantes, yo me doy cuenta cuando en una película no pasa eso porque el director no conoce de lo que está hablando”.

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Hablar, escribir, crear con sinceridad es incómodo, doloroso, pero también necesario, porque de lo contrario el director cae en un “tibio aburguesamiento en el que deja de contar historias para hacer un cine de tesis distanciado y alejado de la realidad: mirándola desde arriba, desde un lugar cómodo en el que no se sufre ni adolece”. Decía Isak Dinesen que “la cura de todo es siempre agua salada: el sudor, las lágrimas o el mar”. Para Daniel, “las películas se sudan, se lloran y a veces hasta se vomitan; son como un exorcismo para expulsar determinados momentos y experiencias de mi vida. Al escribir remueves el dolor, lo sientes, lo transpiras, pero a la vez lo canibalizas, te aprovechas de él, lo consumes y logras exorcizarlo”.

Quizás otra expresión de la búsqueda de crear algo auténtico sea la necesidad de independencia. Desde su primera película, “Mejor no fumes”, Daniel Peralta optó por “hacer cine con amigos”, con la libertad que da no depender del dinero del Estado o de la industria ni tener que responder a sus intereses o pautas. Los rodajes son rápidos, “el último duró 10 días”, y “tienen algo de inmediato” porque se ejecutan al poco de terminar el guión para seguir en conexión con las experiencias y sensaciones que originaron la historia. El vínculo que une al director con el equipo aligera el proceso y hace que este fluya de otra manera: “si lo viviera como un proceso industrial, en el que la persona con la que estás trabajando no es tu amigo, sería mucho más difícil. Yo trabajo con voluntades, no con dinero. En el equipo, son todos mis amigos y todos son cercanos. Vivo el rodaje como un camping con amigos. Como si nos fuéramos 6, 7 días, a una cabaña en la playa”, concluye.

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Seguimos en la librería, en un pequeño rincón que funciona como café. Daniel me enseña una frase de Kurosawa, que un amigo escribió con letra torpe en su cuaderno: “Sólo los actos que surgen de las emociones son actos válidos”. En la mesa contigua, un adolescente de pelo decolorado, casi blanco, y una chica de melena hasta las caderas planean vídeos que en un futuro grabarán: ambos quieren ser youtubers. Daniel en cambio no sabe qué hará a futuro: tiene varias libretas en las que escribe con frecuencia; dos o tres historias rondan por su cabeza, pero no tiene claro si alguna de ellas terminará convirtiéndose en una novela gráfica o en una película. El tiempo dirá.

Andrés Lee i Escribe ganó el premio a mejor película en el Craft Film Festival de Barcelona.

 

Artículo de Esteban Zunín.

 

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