7 clásicos de culto del cine japonés

Japón es uno de los países que más ha aportado a la historia del cine. Revisitamos a algunos de sus directores más emblemáticos y originales, a través de una selección de siete clásicos de culto que se encuentran entre las mejores películas de la época dorada del cine japonés.

 

Los Siete Samuráis (Akira Kurosawa, 1955)

Siete Samurais

Akira Kurosawa logró internacionalizar y dar a conocer en Occidente el cine japonés. Recibió tres Óscar, infinidad de premios en festivales y su trabajo influenció a directores de la talla de George Lucas o Tarantino. Los siete samuráis es una de sus películas más emblemáticas. Ambientada en un Japón feudal y sin ley, sumido en el caos y en constantes guerras internas, Los siete samuráis nos muestra la gesta de un grupo de siete hombres que, cual David frente a Goliat, intentan defender una aldea de campesinos pobres del ataque de un ejército de bandoleros que acuden cada año a saquearles y robarles sus cosechas.

Sin dejar de lado un ritmo trepidante, en el que los acontecimientos no dejan de sucederse y la épica, la violencia y la acción son una constante, Kurosawa es capaz de retratar con profundidad y un sinfín de matices las dispares personalidades y biografías de cada uno de sus samuráis. Hombres que encarnan, de un modo romántico e idealizado, la esencia del bushidocódigo ético samurái que guía la vida personal y profesional sobre la idea de giri o sentido del deber, que se concreta en virtudes como la benevolencia, el coraje o la lealtad; a las que se suma una férrea voluntad de vivir sin ningún temor a encontrar la muerte defendiendo el honor o luchando por una causa justa.

En el fondo, como el mismo Kurosawa confesaba, Los siete samuráis, al igual que el resto de sus películas, busca responder a una única pregunta: ¿por qué las personas no son felices?

 

Harakiri (Masaki Kobayashi, 1962)

Harakiri

Desde sus inicios, Masaki Kobayashi optó por hacer un cine de denuncia, contestatario del orden establecido y la tradición, abordando temas polémicos que otros directores preferían evitar. Prueba de ello son La condición humana, una trilogía de 9 horas en la que expuso las atrocidades cometidas por el ejército nipón en Manchuria durante la ll Guerra Mundial; o Black River, un testimonio sobre la corrupción existente alrededor de las bases militares estadounidenses en el Japón de la postguerra. Este espíritu crítico y de rebeldía está también presente en Harakiri, aunque se trate de un jidai-geki (drama histórico) ambientado en el siglo XVII. Momento en el que el clan Tokugawa tomó el poder y sus shogunes pusieron fin a las guerras entre señores feudales, restableciendo la paz y dejando sin ocupación a centenares de samuráis que habían hecho de la guerra su vida. En este contexto, Hanshiro, un viejo general samurái caído en desgracia, llega al palacio de su antiguo señor pidiendo que le permitan practicarse allí el harakiri, para poder morir así “con honor y dignidad”. Gracias a una serie de flashbacks y giros inesperados, el espectador no tardará en darse cuenta que Hanshiro no ha acudido a palacio para cometer un suicidio ritual, sino con el fin de vengar a una persona que murió injustamente a causa de la hipocresía y la insensibilidad de una élite militar que sólo mira por sus intereses.

 

Cuento de Tokio (Yasujiro Ozu, 1953)

Cuento de Tokio

A lo largo de su cinematografía, Yasujirō Ozu supo analizar las profundas transformaciones que experimentó Japón durante el siglo XX, especialmente tras el final de la II Guerra Mundial, al mismo tiempo que trató cuestiones universales con las que personas de cualquier rincón del mundo se podrían sentir identificadas. Como director, destacó por su estilo contemplativo, de planos fijos y tatami shots, en el que la verdad de las cosas se revelaba en los detalles y diálogos más simples.

Su gran obsesión, las relaciones familiares, se encuentra presente en Cuento de Tokio. Un filme en el que Shukichi y Tomi, una pareja de ancianos, viajan desde una pequeña localidad rural hasta la capital con el fin de visitar a sus hijos y nietos. Una vez allí, no tardarán en darse cuenta de que sus vástagos, inmersos en el trajín y las prisas de la gran ciudad, apenas tienen tiempo para compartir con ellos. La única excepción es su nuera Noriko, viuda de un hijo de Shukichi y Tomi fallecido en la guerra, que trata a la pareja con afecto y veneración.

Ozu se valió de este monogatari (vocablo nipón que a la vez significa cuento y viaje) para tratar la inevitabilidad de los cambios y para crear un choque generacional y cultural que mostrara cómo la sociedad japonesa se volvía cada vez más individualista y los ancianos dejaban de ser considerados un referente, una voz de la experiencia que debía ser escuchada y respetada, para ser vistos como un estorbo.

 

Cuentos de la luna pálida de agosto (Kenji Mizoguchi, 1953)

FOTO1A1

Es el siglo XVI, la época de las guerras intestinas, y dos hermanos, un alfarero y un campesino, que se sienten insatisfechos con sus vidas, deciden en un arrebato de locura dejarlo todo para satisfacer sus ambiciones y deseos. Tobei quiere ser rico. Genjuro, un poderoso samurái. Ambos creen que en tiempos de sangre y desconcierto todo es posible.

Cuentos de la luna pálida de agosto es la adaptación al cine de sendas historias que Akinari Ueda escribió en 1776 inspirándose en las narraciones que solían compartirse durante el Tsukimi, festividad en la que las familias japonesas se reunían para contemplar la luna de agosto mientras recitaban poemas o contaban leyendas de espíritus. Bajo esta premisa, el director Kenji Mizoguchi combinó el realismo más descarnado con elementos fantásticos y fantasmagóricos, en un complejo juego de contrastes que le permitió concebir una película que funcionase como una fábula zen sobre los peligros del deseo, en la que también había espacio para tratar el sufrimiento físico y el daño moral que causan las guerras en las poblaciones civiles.

En su carácter de obra maestra atemporal, Cuentos de la luna pálida de agosto condensa lo mejor del talento de Mizoguchi, aquél que es recordado hasta el día de hoy por su perfeccionismo, su sensibilidad ante la opresión de las mujeres, su cámara de largos planos fluyendo siempre en un movimiento poético y su búsqueda de la belleza: una belleza que no podía ser complaciente y vacía; que debía producir una honda conmoción en el espectador, obligándole a cuestionarse por el sentido de la realidad: no sólo dentro de la película, sino también en su propia vida.

 

Veinticuatro Ojos (Keisuke Kinoshita, 1954)

Veinticuatro Ojos

Keisuke Kinoshita  sobresalió como uno de los cineastas más inquietos de su generación. Exploró múltiples géneros y experimentó con distintas técnicas y estilos, buscando siempre nuevas y distintas formas para expresarse, que le permitirían crear obras como la inolvidable y singular Balada de Narayama.

En Veinticuatro ojos, Kinoshita se vale del paso del tiempo, uno de los recursos que más fascina al público nipón, para mostrar el devenir de una maestra rural y sus doce alumnos durante un periodo de casi 20 años, concretamente entre 1928 y 1946, en la pequeña isla de Shōdoshima.

Conforme pasan los años, vemos en los alumnos la pérdida de esa inocencia y alegría primigenia propia de la infancia. Crecer implica sufrir: algunos son golpeados por la vida muy pronto, varios logran cumplir sus sueños y otros tantos fracasan o toman el camino equivocado. Mientras, y a pesar de que cambios y acontecimientos como la II Guerra Mundial se suceden, la maestra Ōishi, “como las montañas que siempre son las mismas”, se mantiene fiel al afecto por sus alumnos y resiste firme en sus ideales políticos y valores, demostrando como la coherencia y el ejemplo son siempre la mejor enseñanza.

Adaptando con una emotividad desgarradora la novela antibélica de Sakae Tsuboi, Veinticuatro ojos reivindica, en palabras del crítico Audie Block, los rasgos más positivos del carácter japonés: humildad, perseverancia, honestidad, pacifismo, amor por la familia y la infancia y respeto por la naturaleza.

 

Cuando una mujer sube la escalera (Mikio Naruse, 1960)

Cuando una mujer sube las escaleras

Mikio Naruse fue un autor prolífico que llegó a dirigir más de 80 películas. En su época, su obra fue denostada por su tendencia al melodrama y su predilección por las protagonistas femeninas y de las clases populares. Sin embargo, en los últimos años su trabajo se ha visto revalorizado, siendo considerado a la altura de los grandes maestros. Cultivó, como Yasujirō Ozu, el género del shomin-geki, dramas que tienen como protagonistas a gente corriente. Y compartió con Mizoguchi un discurso marcadamente feminista, adelantado a su tiempo.

En Cuando una mujer sube la escalera, Naruse nos transporta a los años 60 para presentarnos a Keiko, anfitriona en un local nocturno situado en el moderno barrio tokiota de Ginza. En Japón es habitual que este tipo de establecimientos se puedan encontrar en el entresuelo o en la primera planta de los edificios. De ahí el título de la película, que hace referencia al gesto que realiza Keiko antes de acceder al local, a ese espacio en el que deja de ser ella misma para convertirse en una mujer perpetuamente sonriente y entregada de pleno a escuchar y satisfacer a sus clientes.

“Para las mujeres que trabajan en este barrio, la vida es una lucha constante. Una lucha que yo no puedo perder”, piensa la protagonista, entre luces de neón. Keiko se siente perdida pero no se rinde, es una mujer que batalla desesperadamente por ser libre y salir adelante frente a una sociedad que la margina y la explota y parece querer condenarla a la tragedia. 

Naruse entendía la vida como “una suma decepciones ante las que solo queda resistir y luchar hasta que las fuerzas se agoten”. Humanista y pesimista, siempre se sintió “tan perdido y sin respuestas” como sus protagonistas.

 

Pechos eternos (Kinuyo Tanaka, 1960)

Pechos-eternos-4-e1442162146970

Kinuyo Tanaka fue la primera mujer que dirigió una película en Japón. Antes de emprender su actividad como directora, ya se había consagrado como una de las mejores actrices del país, en especial, por sus papeles protagónicos en varios films de Kenji Mizoguchi como La vida de Oharu o Los amantes crucificados. Trabajó con todos los grandes realizadores de su época y actuó en más de 250 películas.

Los pechos eternos es su trabajo más memorable como directora. Considerada por algunos estudiosos como la primera película en la historia que habló sobre el cáncer de mama. Se basa en una novela sobre la vida de la poeta Fumiko Nakajo, una mujer campesina de la isla de Hokkaido que padeció esta enfermedad dentro de su ya de por sí trágica existencia y que se convertiría en una autora de culto tras deslumbrar con sus poemas a la intelectualidad tokiota.

Un drama sobre la creación, el deseo y el dolor protagonizado por una mujer adelantada a su tiempo.

 

Artículo de Esteban Zunín.

Anuncios
Cultura Fetén

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s