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7 clásicos de culto del cine japonés

Japón es uno de los países que más ha aportado a la historia del cine. Revisamos siete películas de culto necesarias para conocer la obra de algunos de los directores más emblemáticos y originales del cine nipón.

 

Los Siete Samuráis, Kurosawa

Siete Samurais

Akira Kurosawa logró internacionalizar y dar a conocer en Occidente el cine japonés. Recibió tres Óscar, infinidad de premios en festivales y su trabajo influenció a directores de la talla de George Lucas o Tarantino. Los siete samuráis es una de sus películas más memorables. Ambientada en un Japón feudal y sin ley, sumido en el caos y en constantes guerras internas, Los siete samuráis nos muestra la gesta de un grupo de siete hombres que, cual David frente a Goliat, intentan defender una aldea de campesinos pobres del ataque de un ejército de bandoleros que acuden cada año a saquearles y robarles sus cosechas.

Sin dejar de lado un ritmo trepidante, en el que los acontecimientos no dejan de sucederse y la épica, la violencia y la acción son una constante, Kurosawa es capaz de retratar con profundidad y un sinfín de matices las dispares personalidades y biografías de cada uno de sus samuráis. Hombres que encarnan, de un modo romántico e idealizado, la esencia del bushidocódigo ético samurái que guía la vida personal y profesional sobre la base de virtudes como la benevolencia, el coraje o la lealtad; a las que se suman unas enormes ansias de vivir, sin ningún temor, por otra parte, a morir defendiendo su honor o luchando por una causa justa.

En el fondo, como el mismo Kurosawa confesaba, Los siete samuráis, al igual que el resto de sus películas, busca responder a una única pregunta: ¿por qué las personas no son felices?

 

Harakiri, Kobayashi

Harakiri

Desde sus inicios, Masaki Kobayashi optó por hacer un cine de denuncia, contestatario del orden establecido y la tradición, abordando temas polémicos que otros directores preferían evitar. Prueba de ello son La condición humana, una trilogía de 9 horas en la que expuso las atrocidades cometidas por el ejército nipón durante la ll Guerra Mundial; o Black River, un testimonio sobre la corrupción existente alrededor de las bases militares estadounidenses en el Japón de la postguerra. Este espíritu crítico y de rebeldía está también presente en Harakiri, aunque se trate de un jidaigeki (drama histórico) ambientado en el siglo XVII. Momento en el que el clan Tokugawa tomó el poder y sus shogunes pusieron fin a las guerras entre señores feudales, restableciendo la paz y dejando sin ocupación a centenares de samuráis que habían hecho de la guerra su vida. En este contexto, Hanshiro, un viejo general samurái caído en desgracia, llega al palacio de su antiguo señor pidiendo que le permitan practicarse allí el harakiri, para poder morir así “con honor y dignidad”. Gracias a una serie de flashbacks y giros inesperados, el espectador no tardará en darse cuenta que Hanshiro no ha acudido a palacio para cometer un suicidio ritual, sino con el fin de vengar a una persona que murió injustamente a causa de la insensibilidad de una élite militar y aristocrática que sólo mira por sus intereses.

 

Cuento de Tokio, Ozu

Cuento de Tokio

A lo largo de su cinematografía, Yasujirō Ozu supo analizar las profundas transformaciones que experimentó Japón durante el siglo XX, especialmente tras el final de la II Guerra Mundial, al mismo tiempo que trató cuestiones universales con las que personas de cualquier rincón del mundo se podrían sentir identificadas. Como director, destacó por un estilo contemplativo en el que la verdad de las cosas se revelaba en los detalles y diálogos más simples. Como director, destacó por su estilo contemplativo, de planos fijos y tatami shots, en el que la verdad de las cosas se revelaba en los detalles y diálogos más simples.

Su gran obsesión, las relaciones familiares, se encuentra presente en Cuento de Tokio. Un filme en el que una pareja de ancianos viajan desde una pequeña localidad rural hasta Tokio con el fin de visitar a sus hijos. Una vez allí, no tardarán en darse cuenta de que sus vástagos, inmersos en el trajín y las prisas de la gran ciudad, apenas tienen tiempo para compartir con ellos.

Ozu se vale de este monogatari (vocablo japonés que a la vez significa cuento y viaje) para reflexionar sobre la transitoriedad de las cosas y la inevitabilidad de los cambios, mientras superficialmente expone como, ante la vejez de sus padres, los hijos rara vez logran estar a la altura de las circunstancias, y pone en evidencia, de una manera bastante sutil y delicada, a una sociedad que ha perdido su identidad, sustituyendo su cosmovisión y valores tradicionales por un capitalismo salvaje, en el que priman el individualismo y una competencia feroz.

 

Cuentos de la luna pálida de agosto, Mizoguchi

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Es el siglo XVI, la época de las guerras intestinas, y dos hermanos, un alfarero y un campesino, que se sienten insatisfechos con sus vidas, deciden en un arrebato de locura dejarlo todo para satisfacer sus ambiciones y deseos. Tobei quiere ser rico. Genjuro, un poderoso samurái. Ambos creen que en tiempos de sangre y desconcierto todo es posible.

Cuentos de la luna pálida de agosto es la adaptación al cine de sendas historias que Akinari Ueda escribió en 1776 inspirándose en las narraciones que solían compartirse durante el Tsukimi, festividad en la que las familias japonesas se reunían para contemplar la luna de agosto mientras recitaban poemas o contaban leyendas de espíritus. Bajo esta premisa, el director Kenji Mizoguchi combinó el realismo más descarnado con elementos fantásticos y fantasmagóricos, en un complejo juego de contrastes que le permitió concebir una película que funcionase como una fábula zen sobre los peligros del deseo y el apego, en la que también había espacio para tratar el sufrimiento físico y el daño moral que causan las guerras en las poblaciones civiles.

En su carácter de obra maestra atemporal, Cuentos de la luna pálida de agosto condensa lo mejor del talento de Mizoguchi, aquél que es recordado hasta el día de hoy por su perfeccionismo, su sensibilidad ante la opresión de las mujeres, su cámara de largos planos fluyendo siempre en un movimiento poético y su búsqueda de la belleza: una belleza que no podía ser complaciente y vacía; que debía producir una honda conmoción en el espectador, obligándole a cuestionarse por el sentido de la realidad: no sólo dentro de la película, sino también en su propia vida.

 

Veinticuatro Ojos, Kinoshita

Veinticuatro Ojos

Keisuke Kinoshita  sobresalió como uno de los cineastas más inquietos de su generación. Exploró múltiples géneros y experimentó con distintas técnicas y estilos, buscando siempre nuevas y distintas formas para expresarse, que le permitirían crear obras como la inolvidable y singular Balada de Narayama. Fue, junto con Kurosawa, uno de los creadores más abiertos a la influencia de las nuevas vanguardias occidentales, como la Nueva Ola Francesa. Trabajó siempre con los estudios Shochiku, de escasa proyección internacional, lo que supuso que (al igual que Ozu y Naruse) su obra no obtuviera el debido reconocimiento hasta después de su muerte.

En Veinticuatro ojos, Kinoshita se vale del paso del tiempo, uno de los recursos que más fascina al público nipón, para mostrar el devenir de una maestra rural y sus doce alumnos durante un periodo de casi 20 años, concretamente entre 1928 y 1946, en la isla de Shōdoshima.

Conforme pasan los años, vemos en los alumnos la pérdida de esa inocencia y alegría primigenia propia de la infancia. Crecer implica sufrir: algunos son golpeados por la vida muy pronto, varios logran cumplir sus sueños y otros tantos fracasan o toman el camino equivocado. Mientras, y a pesar de que cambios y acontecimientos como la II Guerra Mundial se suceden, la maestra Ōishi, “como las montañas que siempre son las mismas”, se mantiene fiel al afecto por sus alumnos y resiste firme en sus ideales políticos y valores, demostrando como la coherencia y el ejemplo son siempre la mejor enseñanza.

Adaptando con una emotividad desgarradora la novela antibélica de Sakae Tsuboi, Veinticuatro ojos reivindica, en palabras de Audie Block, los rasgos más positivos del carácter japonés: humildad, perseverancia, honestidad, pacifismo, amor por la familia y la infancia y respeto por la naturaleza.

 

Mr. Thank You, Shimizu

Mr. Thank you

Mr.Thank you (o Arigatô-san, en el original) es un modélico conductor de autobús en el Japón de los años 30. Los viajeros lo han bautizado con ese sobrenombre porque siempre grita gracias a todo aquel que se hace a un lado del camino para dejarlo pasar.

Adaptación de un relato corto del premio Nobel Yasunari Kawabata, Mr.Thank you es una road movie en la que el espectador acompaña a sus protagonistas en un viaje en autobús desde los pueblos montañosos de Izu hasta la frenética Tokio. Durante el trayecto, los pasajeros suben y bajan, trayendo consigo particulares historias. Son los tiempos de la Gran Depresión y las zonas rurales son las que más sufren los estragos de la crisis. El desempleo es alto y muchos se ven obligados a emigrar o a subsistir en condiciones paupérrimas. Entre los viajeros, sobresale una adolescente de mirada taciturna que va a ser vendida por su madre a un burdel de la ciudad, para poder alimentar al resto de su familia.

Hiroshi Shimizu dirige esta cinta, en la que queda patente su genialidad como director. Rodada por completo en exteriores, sin guión y teniendo como única referencia el texto de Kawabata, Mr. Thank you es una prueba de la capacidad de Shimizu para crear una película compleja, casi documental y de una honda compasión por sus personajes, empleando como únicas herramientas la espontaneidad y la intuición.

 

Cuando una mujer sube la escalera, Naruse

Cuando una mujer sube las escaleras

Mikio Naruse fue un autor prolífico que llegó a dirigir más de 80 películas. En su época, su obra fue denostada por su tendencia al melodrama y su predilección por las protagonistas femeninas y de las clases populares. Sin embargo, en los últimos años su trabajo se ha visto revalorizado, siendo considerado a la altura de los grandes maestros. Cultivó, como Yasujirō Ozu, el género del shomin-geki, dramas que tienen como protagonistas a gente corriente. Y compartió con Mizoguchi un discurso marcadamente feminista, adelantado a su tiempo.

En Cuando una mujer sube la escalera, Naruse nos transporta a los años 60 para presentarnos a Keiko, anfitriona en un local nocturno situado en el moderno barrio tokiota de Ginza. En Japón es habitual que este tipo de establecimientos se hallen en el entresuelo o en la primera planta de los edificios. De ahí el título de la película, que hace referencia al gesto que realiza Keiko antes de acceder al local, a ese espacio en el que deja de ser ella misma para convertirse en una mujer perpetuamente sonriente y entregada de pleno a escuchar y satisfacer a sus clientes.

“Para las mujeres que trabajan en este barrio, la vida es una lucha constante. Una lucha que yo no puedo perder”, piensa la protagonista, entre luces de neón. Keiko se siente perdida pero no se rinde, es una mujer que batalla desesperadamente por salir adelante frente a una sociedad que la discrimina por su género y oficio, buscando condenarla a la tragedia.

Naruse entendía la vida como una suma de decepciones respecto a las que no existen respuestas, salvo luchar y resistir hasta que las fuerzas se agoten. Cada una de sus películas supuso para él un acto de humildad, un reconocimiento de que no sabía más que sus personajes y de que se sentía tan perdido como ellos. 

 

Artículo de Esteban Zunín.

 

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