7 clásicos de culto del cine japonés

Japón es uno de los países que más ha aportado a la historia del cine. Revisitamos a algunos de sus directores más emblemáticos y originales, a través de una selección de siete clásicos de culto que se encuentran entre las mejores películas de la época dorada del cine japonés.

 

Los Siete Samuráis (Akira Kurosawa, 1955)

Siete Samurais

Akira Kurosawa logró internacionalizar y dar a conocer en Occidente el cine japonés. Recibió tres Óscar, infinidad de premios en festivales y su trabajo influenció a directores de la talla de George Lucas o Tarantino. Los siete samuráis es una de sus películas más emblemáticas. Ambientada en el Periodo de las Provincias en Guerra (1490-1600), en un Japón sin ley, sumido en el caos y arrasado por las constantes guerras de poder entre señores feudales, cuenta la gesta de un grupo de siete hombres que, cual David frente a Goliat, intentan defender una aldea de campesinos pobres del ataque de un ejército de bandoleros que acuden cada año a saquearles y robarles sus cosechas.

Sin dejar de lado un ritmo trepidante, en el que los acontecimientos no dejan de sucederse y la emoción, la violencia y la acción son una constante, Kurosawa es capaz de retratar con profundidad y un sinfín de matices las dispares personalidades y biografías de cada uno de sus samuráis. Hombres que encarnan, de un modo romántico e idealizado, las virtudes fundamentales propugnadas por el bushido (o camino del guerrero): código ético que guía la vida personal y profesional de cada samurái desde la idea de giri o sentido del deber y la responsabilidad.  

Samurái significa “el que sirve”. Normalmente, a un señor feudal o un clan. Aquellos samuráis que por cualquier motivo no tenían señor, eran considerados ronin (hombres errantes), siendo mal vistos y asociados al crimen porque vivían como mercenarios, vendiendo sus servicios al mejor postor. Kurosawa elige como héroes de su épica historia a siete ronins, representantes de la marginalidad, poniéndolos al servicio del pueblo (en lugar de los poderosos o los criminales) y dotándolos de una humanidad que los hace más cercanos al espectador moderno y los aleja del excesivo formalismo y clasismo de los guerreros de su tiempo.

 

Harakiri (Masaki Kobayashi, 1962)

Harakiri

Desde sus inicios, Masaki Kobayashi optó por hacer un cine de denuncia, contestatario del orden establecido y la tradición, abordando temas polémicos que otros directores preferían evitar. Prueba de ello son La condición humana, una trilogía antibélica de 9 horas en la que expuso las atrocidades cometidas por el ejército nipón en Manchuria durante la ll Guerra Mundial; o Black river, una denuncia sobre la corrupción existente alrededor de las bases militares estadounidenses en el Japón de la posguerra.

Este espíritu crítico y de rebeldía está también presente en Harakiri, aunque se trate de un jidai-geki (drama histórico) situando en los primeros años del Periodo Edo (1603-1868), época en la que la familia Tokugawa junto a sus clanes aliados tomó el poder e instauró un régimen hermético y autocrático, poniendo fin a las guerras entre señores feudales y obligando al retiro a miles de samuráis que habían hecho de la guerra su vida. En este contexto, Hanshiro, un viejo general samurái caído en desgracia, llega al palacio de un importante clan pidiendo que le permitan practicarse allí el harakiri para poder morir así con “honor y dignidad”. Sin embargo, el espectador no tardará en darse cuenta que Hanshiro no ha acudido a palacio para cometer un suicidio ritual, sino en busca de venganza frente a la crueldad, la hipocresía y la insensibilidad de los más poderosos.

Kobayashi muestra el lado más oscuro e inhumano del mundo samurái, criticando especialmente el culto a la muerte y a la violencia impuesto por el bushido. Una mística que las élites militares que dominaron Japón durante siglos alimentaron y aprovecharon en favor de sus intereses. Sin ir más lejos, basta recordar cómo durante la II Guerra Mundial los pilotos kamikazes se suicidaban llevando consigo una katana y una copia del Hagakure, la “biblia” del bushido.

 

Cuento de Tokio (Yasujiro Ozu, 1953)

Cuento de Tokio

A lo largo de su cinematografía, Yasujirō Ozu supo analizar las profundas transformaciones que experimentó Japón durante el siglo XX, especialmente tras el final de la II Guerra Mundial, al mismo tiempo que trató cuestiones universales con las que personas de cualquier rincón del mundo se podrían sentir identificadas. Como director, destacó por su estilo contemplativo, de planos fijos y tatami shots, en el que la verdad de las cosas se revelaba en los detalles y diálogos más simples.

Su gran obsesión, las relaciones familiares, se encuentra presente en Cuento de Tokio. Un filme en el que Shukichi y Tomi, una pareja de ancianos, viajan desde una pequeña localidad rural hasta la capital con el fin de visitar a sus hijos y nietos. Una vez allí, no tardarán en darse cuenta de que sus vástagos, inmersos en el trajín y las prisas de la gran ciudad, apenas tienen tiempo para compartir con ellos. La única excepción es su nuera Noriko, viuda de un hijo de Shukichi y Tomi fallecido en la guerra, que trata a la pareja con afecto y veneración.

Ozu se valió de este monogatari (vocablo nipón que a la vez significa cuento y viaje) para tratar la inevitabilidad de los cambios y para crear un choque generacional y cultural que mostrara cómo la sociedad japonesa se volvía cada vez más individualista y los ancianos dejaban de ser considerados un referente, una voz de la experiencia que debía ser escuchada y respetada, para ser vistos como un estorbo.

 

Cuentos de la luna pálida de agosto (Kenji Mizoguchi, 1953)

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Durante la época de las guerras intestinas, dos hermanos, un alfarero y un campesino que se sienten insatisfechos con sus vidas, deciden en un arrebato de locura dejarlo todo (mujeres e hijos incluidos) para satisfacer sus ambiciones y deseos. Tobei quiere ser rico. Genjuro, un poderoso samurái. Ambos creen que en tiempos de sangre y desconcierto todo es posible.

Cuentos de la luna pálida de agosto es la adaptación al cine de sendas historias que Akinari Ueda escribió en 1776 inspirándose en las narraciones que solían compartirse durante el Tsukimi, festividad en la que las familias japonesas se reunían para contemplar la luna de agosto mientras recitaban poemas o contaban leyendas de espíritus. Bajo esta influencia, el director Kenji Mizoguchi mezcló el realismo más descarnado con elementos fantásticos y fantasmagóricos, para crear una película de contrastes que funcionara como una fábula zen sobre los peligros del deseo y las pasiones desatadas, en la que también habría espacio para tratar el sufrimiento físico y el daño moral que causan las guerras en las poblaciones civiles.

En su carácter de obra maestra atemporal, Cuentos de la luna pálida de agosto condensa lo mejor del talento de Mizoguchi, aquél que es recordado hasta el día de hoy por su perfeccionismo, por su búsqueda de una belleza transformadora y conmovedora, por su cámara de largos planos fluyendo siempre en un movimiento poético y por su sensibilidad ante la opresión de las mujeres unida a su habilidad para convertir a ciertos personajes femeninos (aparentemente secundarios) en las auténticas heroínas de sus películas.

 

Veinticuatro Ojos (Keisuke Kinoshita, 1954)

Veinticuatro Ojos

Keisuke Kinoshita  sobresalió como uno de los cineastas más inquietos de su generación. Exploró múltiples géneros y experimentó con distintas técnicas y estilos, buscando siempre nuevas y distintas formas para expresarse, que le permitirían crear obras como la inolvidable y singular Balada de Narayama.

En Veinticuatro ojos, Kinoshita se vale del paso del tiempo, uno de los recursos que más fascina al público nipón, para mostrar el devenir de una maestra rural y sus doce alumnos durante un periodo de casi 20 años, concretamente entre 1928 y 1946, en la pequeña isla de Shōdoshima.

Conforme pasan los años, vemos en los alumnos la pérdida de esa inocencia y alegría primigenia propia de la infancia. Crecer implica sufrir: algunos son golpeados por la vida muy pronto, varios logran cumplir sus sueños y otros tantos fracasan o toman el camino equivocado. Mientras, y a pesar de que cambios y acontecimientos como la II Guerra Mundial se suceden, la maestra Ōishi, “como las montañas que siempre son las mismas”, se mantiene fiel al afecto por sus alumnos y resiste firme en sus ideales políticos y valores, demostrando como la coherencia y el ejemplo son siempre la mejor enseñanza.

Adaptando con una emotividad desgarradora la novela antibélica de Sakae Tsuboi, Veinticuatro ojos reivindica, en palabras del crítico Audie Block, los rasgos más positivos del carácter japonés: humildad, perseverancia, honestidad, pacifismo, amor por la familia y la infancia y respeto por la naturaleza.

 

Cuando una mujer sube la escalera (Mikio Naruse, 1960)

Cuando una mujer sube las escaleras

Mikio Naruse fue un autor prolífico que llegó a dirigir más de 80 películas. En su época, su obra fue denostada por su tendencia al melodrama y su predilección por las protagonistas femeninas y de las clases populares. Sin embargo, en los últimos años su trabajo se ha visto revalorizado, siendo considerado a la altura de los grandes maestros. Cultivó, como Yasujirō Ozu, el género del shomin-geki, dramas modernos protagonizados por gente corriente. Y compartió con Mizoguchi un discurso marcadamente feminista, adelantado a su tiempo.

En Cuando una mujer sube la escalera, Naruse nos transporta al Tokio de los años 60 para presentarnos a Keiko, anfitriona en un local nocturno situado en el bullicioso barrio de Ginza. En Japón es habitual que este tipo de establecimientos se puedan encontrar en el entresuelo o en la primera planta de los edificios. De ahí el título de la película, que hace referencia a la acción que realiza Keiko antes de acceder al local, a ese espacio en el que deja de ser ella misma para convertirse en una mujer perpetuamente sonriente y entregada de pleno a escuchar y satisfacer a sus clientes.

“Para las mujeres que trabajan en este barrio, la vida es una lucha constante. Una lucha que yo no puedo perder”, piensa la protagonista entre luces de neón. Keiko se siente perdida pero no se rinde, es una mujer que batalla desesperadamente por su felicidad, por ser libre y salir adelante frente a una sociedad que la margina, la explota y parece querer condenarla a un trágico final. Mikio Naruse entendía la vida como “una suma decepciones ante las que solo queda resistir y luchar hasta que las fuerzas se agoten”. Humanista y pesimista, este director japonés siempre se sintió “tan perdido y sin respuestas” como sus protagonistas.

 

Pechos eternos (Kinuyo Tanaka, 1960)

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Kinuyo Tanaka fue la primera mujer que dirigió una película en Japón. Antes de emprender su actividad como directora, ya se había consagrado como una de las mejores actrices del país, en especial, por sus papeles protagónicos en varios films de Kenji Mizoguchi como La vida de Oharu o El intendente Sansho. Trabajó con todos los grandes realizadores de su época y actuó en más de 250 películas.

Los pechos eternos es su trabajo más memorable como directora. Considerada por algunos estudiosos como la primera película en la historia que habló sobre el cáncer de mama. Se basa en una novela sobre la vida de la poeta Fumiko Nakajo, una mujer campesina de la isla de Hokkaido que padeció esta enfermedad dentro de su ya de por sí trágica existencia y que se convertiría en una autora de culto tras deslumbrar con sus poemas a la intelectualidad tokiota.

Un drama sobre la creación, el deseo y el dolor protagonizado por una mujer adelantada a su tiempo.

 

Artículo de Esteban Zunin Yelpo.

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