‘Frantz’: cicatrizando heridas

“Frantz” es de esas películas que buscan crear memoria, pensar el pasado para no repetir los errores que marcaron con sangre y lágrimas las vidas de miles de personas.

Dentro de pocos meses se cumplirán 100 años del final de I Guerra Mundial. Con motivo de esta efeméride, el director François Ozon decidió tratar las secuelas de la Gran Guerra, centrando su mirada en las víctimas, narrando las heridas que les dejó el conflicto y cómo intentaron recomponer sus vidas tras el cese al fuego. Su propuesta, marcadamente antibelicista y antinacionalista, aborda también cuestiones como la necesidad de la verdad o el sentido del perdón.

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Año 1919: la guerra ha terminado. En una pequeña ciudad de Alemania, vive Anna (Paula Beer), una joven mujer que no logra superar la muerte en combate de su prometido Frantz. Un mañana, en el cementerio, Anna conoce a Adrien (Pierre Niney), un misterioso y atormentado soldado francés que ha venido a dejar flores en la tumba de Frantz. Para ambos y por distintos motivos, Frantz es una herida difícil de cicatrizar.

No es baladí que el título de la película se corresponda con el nombre del soldado muerto. “Frantz” es como fantasma que no deja de rondar la mente y el luto de sus allegados. Su ausencia genera una variedad de sentimientos: culpa, dolor, rabia, tristeza… Pero también dudas y preguntas: ¿por qué, para qué murió Frantz? ¿tuvo algún sentido la guerra? ¿por qué tantas muertes, tanto dolor? ¿quién o quienes fueron los responsables? Esta actitud contrasta con la adoptada por muchos alemanes que prefirieron no hacerse preguntas ni cuestionar al poder y al odio, limitándose a entender la contienda y la derrota como una humillación, una cuestión de “orgullo nacional” herido, avivando la ira y el revanchismo que determinarían el estallido de la Segunda Guerra Mundial, veinte años después.

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Frantz y Adrien, el soldado alemán muerto y el soldado francés superviviente, son dos caras de una misma moneda: representan a esos hombres humanistas que fueron forzados a combatir en un conflicto que consideraban innecesario y fratricida, quedando marcados para siempre por la muerte y la barbarie. Su historia se inspira en sendos trabajos de Lubistch y Rostand sobre la I Guerra Mundial y sus consecuencias, aunque Ozon se distingue de sus antecesores por mostrar la paz de la posguerra como un espejismo, como un terreno abonado para una nueva guerra, y por dar un mayor protagonismo a Anna, la novia del soldado muerto. Sobre este último aspecto cabe resaltar la interpretación de la actriz Paula Beer, que en su papel de Anna ha sabido reflejar de forma magistral la evolución y la educación sentimental de una mujer que a través de sus encuentros y experiencias va madurando y fortaleciéndose logrando liberarse de los apegos y los miedos que la oprimían y la consumían.

La aguda revisión del pasado y la voluntad de crear un personaje femenino sólido, junto a otras elecciones acertadas como el constante juego de reflejos y contrastes, la fotografía en blanco y negro alternada con el uso del color en ciertos momentos significativos o la austera reconstrucción de época, han permitido a Ozon crear una cinta depurada y equilibrada, que incuestionablemente está entre las mejores de su carrera.

 

Artículo de Esteban Zunin Yelpo

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