‘Frantz’: cicatrizando heridas

Hay películas que sirven para hacer memoria, para recordar y no olvidar nuestra Historia. “Frantz” se inscribe dentro esta categoría de cine que busca que aprendamos y no volvamos a repetir los errores cometidos en el pasado.

François Ozon dirige este ejercicio de memoria histórica en el que reflexiona sobre la I Guerra Mundial desde la perspectiva de las relaciones familiares e interpersonales, creando una ficción en la que se contraponen el odio, los (re)brotes de nacionalismos y fronteras y el miedo al extranjero y al migrante, de ayer y hoy, con la concordia nacida de la cultura, la empatía y el pacifismo.

Año 1919: la guerra ha terminado. En una pequeña ciudad de Alemania, vive Anna (Paula Beer), una joven mujer que no logra superar la muerte en combate de su prometido Frantz. Un mañana, en el cementerio, Anna conoce a Adrien (Pierre Niney), un misterioso y atormentado soldado francés que ha venido a dejar en flores en la tumba de Frantz. Adrien es un hombre débil, de una sensibilidad extrema; Anna es una mujer con un coraje desbordante: ambos buscan que sus heridas de guerra cicatricen.

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Aunque esté muerto, Frantz no deja de ser un fantasma que ronda la mente y el luto de sus allegados. Su ausencia es inquietante porque encarna el sinsentido de la guerra y supone un vacío difícil de superar: ¿por qué, para qué murió Frantz?

Desde la cámara, Ozon retrata los ecos de la Gran Guerra, evidenciando como tras el fin de un conflicto bélico, entre la gente de a pie, no hay vencedores ni vencidos: todos, sean del bando que sean, han perdido: todos están heridos por las muertes y tragedias que han conocido y padecido.

Rodada en un blanco y negro iluminado que le valió el premio a mejor fotografía del cine francés en 2016, “Frantz” plantea una serie de dilemas con el fin de cuestionar hasta qué punto la verdad y el perdón son necesarios y suficientes para lograr la sanación de las heridas y la reconciliación de los pueblos. Al mismo tiempo, que parece abogar por mirar, escuchar y empatizar con el otro para descubrir en él a un igual. 

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La película, llena de contención, fluye en una cadencia reflexiva y transformadora: a medida que el espectro de Frantz empieza a desvanecerse y Adrien va exponiendo y sanando sus culpas en una suerte de ejercicio de redención, Anna comienza a asumir un rol protagónico, liberándose del duelo y (re)tomando las riendas de su vida. Gracias a esta mirada compleja, en la que se incluye también la experiencia femenina de los procesos históricos, Ozon logra diferenciarse de los trabajos de Lubitsch y Rostand sobre las secuelas de las guerras en los que se basó para escribir y dirigir “Frantz”, creando así una cinta depurada y equilibrada, que incuestionablemente está entre las mejores de su carrera.

Artículo de Esteban Zunín.

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