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¿De qué habla Santiago Gamboa cuando habla de viajar?

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Desde que abandonó Bogotá con 19 años, el escritor Santiago Gamboa ha tenido una existencia nómada: ha vivido en París, Madrid, Roma y Nueva Delhi, entre otras ciudades, y ha recorrido (literalmente) medio mundo conociendo lugares tan dispares como Jerusalén, Bangkok, Nueva York o Harar, la pequeña ciudad de Etopía en la falleció el poeta Rimbaud.

Estas experiencias han influido en sus novelas y también han dado lugar a una serie de crónicas viajeras que la editorial Angosta ha reunido bajo el título “Ciudades al final de la noche”, una selección que permite al lector dar una auténtica vuelta al mundo en 25 crónicas.

Con motivo de esta reciente publicación, conversamos con Santiago Gamboa sobre el significado que tiene para él viajar.

¿Por qué tu relación con el viaje es tan fuerte?

Desde los 19 años, cuando salí de Colombia, he relacionado el viaje con la escritura. Viajar a un lugar nuevo, vivir solo y alejado de mi ciudad de origen, me hacía sentir que estaba más cerca de lo literario. La novela “Lord Jim”, de Joseph Conrad, fue uno de los libros de mi juventud. En la historia, Lord Jim huye hacia Oriente para dejar atrás una culpa, una idea de sí mismo que le ataba las manos. Oriente era la libertad. Y para un latinoamericano, ir a Europa es viajar hacia el Oriente.

¿Por qué el libro se titula “Ciudades al final de la noche”?

Tiene que ver con ese verso de Rimbaud que dice: “En la aurora, armados de una ardiente paciencia, entraremos en las ciudades espléndidas”. Son las ciudades que están al final de la noche. La imagen sugiere un largo viaje para llegar a ellas.

Si tuvieras que hacer un diagnóstico sobre el cine actual, ¿dirías que, salvo contadas excepciones, se encuentra en un estado de estancamiento?

Tiene que ver con la idea de renacer, de ser otro. De nuevo Rimbaud: “Je est un autre”. Nadie nos conoce, somos parte de la multitud. Podríamos, incluso, cambiar de nombre. Llegar a una nueva ciudad es comenzar desde cero, iniciar una nueva vida. A mí me gusta sentarme en una cafetería y mirar a la gente. Fingir que llevo muchos años ahí, que soy un residente y no alguien que acaba de dejar su maleta en un hotel. A veces, incluso sin hablar el idioma, agarro un periódico y paso las páginas. Me gusta confundirme con los demás en un nuevo lugar y preguntarme, ¿qué tipo de escritor sería yo si fuera húngaro?, ¿o etíope?

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El poeta Edmond Haraucourt escribió unos versos en los que decía “Partir es morir un poco, / es morir a lo que se ama.Se deja un poco de uno mismo /en cada hora y en cada lugar.”: ¿estás de acuerdo?

No, es justamente al revés. Cada lugar al que llego hace nacer un perfil nuevo dentro de mí, y es algo que perdura. Como en los amores. Cada persona inventa a alguien nuevo en uno, y esa imagen estará siempre ahí, esperando al próximo viaje. A menudo se relaciona el viaje con la vida, por esto mismo: realizar un tránsito, ir de un lugar a otro transformándonos en alguien diferente. Viajar es hacer correr el calendario. Y multiplicar la vida.

Mark Twain dijo que “viajar es un ejercicio con consecuencias fatales para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de mente”, mientras que Pío Baroja afirmó que “el nacionalismo es una enfermedad que se cura viajando”: desde tu experiencia, ¿qué opinas sobre estas frases? ¿es siempre así o depende también de la actitud, la mirada, que asume la persona al emprender un viaje?

Es bueno conocer lugares en donde algunas de nuestras costumbres y certezas desaparecen. En la China a los empleados de una casa les daba risa que yo tomara café por las mañanas. En los países del Golfo, soy considerado flaco. En la India me gané el respeto de un peluquero musulmán, pues consideró que yo era iraní. Pero hay que viajar con interés y generosidad. No como viajaba Flaubert, por ejemplo, cuando iba a los países árabes del Mediterráneo. Él viajaba para confirmar su superioridad racial y moral sobre esas culturas. Es lo que él y la mayoría de franceses de la época creían. El primer viajero de verdad fue Rimbaud, que salió de Europa como un vagabundo y se alejó para encontrar una nueva identidad. Pessoa tiene un verso que dice: “Viajar, perder países”. Lo entiendo en el sentido de la pérdida y la nostalgia. Cada lugar en el que uno ha sido feliz se convierte en un país de origen.

El libro viene introducido por un texto de Suketu Mehta que dice: “Mi hogar tiene muchas habitaciones. Mi hogar es un palacio, es la Tierra”: has vivido en distintos países y has conocido múltiples ciudades, ¿nunca te has sentido desarraigado? ¿cómo has logrado sentirte parte, construir una familiaridad, un vínculo con los lugares en los que has vivido y a los que has viajado?

Por haber salido tan joven de Colombia, me acostumbré a vivir en tierra ajena, y hacerla propia. España, Francia, India, Italia. “Las raíces de los hombres son los pies, y los pies se mueven”, escribió Juan Goytisolo. Por eso el arraigo es también una metáfora histórica, pues cualquier ser humano está capacitado para sentirse en su casa en cualquier rincón del mundo. Cada lugar al que uno llega nos transforma, inventa, recrea. Es un proceso muy diferente para cada persona, pues el metabolismo intelectual de cada uno es diferente.

¿Qué importancia tiene la soledad en tus viajes? ¿Por qué te gustan tanto los hoteles?

Bueno, la soledad acrecienta lo que uno lleva por dentro. Lo hace más intenso, y así, busca su expresión. Es en soledad que se escribe, que se comprende, que se piensa. Viajar y escribir son un modo de pensar. Y los hoteles, esos templos de la soledad, son los lugares ideales. Uno de mis libros favoritos es “Hotel Nómada”, de Cees Noteboom.

Saniago GAMBOA. Photo: Daniel Mordzinski.

Fotógrafo: Daniel Mordzinski

En el libro comentas que tus “modelos literarios cuando se trata de viajes son Paul Theroux y el nobel V.S. Naipaul”: ¿qué aprendiste al leer a estos autores, qué cualidades de sus obras destacarías?

Son muy diferentes. Naipaul se detiene en un lugar y mira desde ahí a toda una cultura. A menudo a través de uno o dos personajes reales, a los cuales observa y recrea. Sus escritos sobre India son de lo mejor que he leído. O sobre África. Las dos culturas que estaban presentes en la isla de Trinidad, donde nació. El caso de Theroux es diferente. El verdadero personaje de sus libros es el viajero. Él mismo. Su capacidad de escuchar, describir, moverse por el planisferio y agotar cada lugar con sus observaciones de escritor, es fascinante. Naipaul es más un viajero sociólogo. Theroux es el viajero novelista.

Una persona que estuvo recientemente en el Louvre de París me contó que muchos visitantes se sacaban fotos delante de los cuadros y se iban sin ni siquiera mirarlos: ¿recomendarías a los viajeros observar, contemplar y escribir más, en lugar de sacar tantas fotos?

Escribo en los viajes porque soy escritor, y esa es mi forma de comprender el mundo. Si fuera pintor, haría dibujos. No pido a nadie que haga lo que yo hago. Cada uno se mueve por el mundo del modo que mejor le conviene. Hay quienes consideran que el viaje es la oportunidad para hacer una colección de retratos al lado de monumentos. Bueno, es lo que hacen. Es lo que son. Los viajes muestran mucho de lo que llevamos por dentro. Por eso viajar es la prueba más difícil de una amistad o de un amor.

Entrevista de Esteban Zunín.

 

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