‘Lost In Translation’: siempre tendremos Tokio

Bob Harris (Bill Murray) es un actor en horas bajas que está en Tokio rodando un anuncio publicitario para una marca japonesa de whisky. Charlotte (Scarlett Johansson) tiene 25 años, acaba de terminar sus estudios de filosofía y no sabe qué hacer con su vida. Él y ella se alojan en el mismo hotel. Una noche, coinciden en el bar y comienzan un inocente flirteo que les llevará a descubrir que tienen mucho en común.

Ambos se sienten perdidos, sin rumbo. Y Tokio, una ciudad tan inmensa y extraña, no hace más no hace más que reforzar esas sensaciones, desorientándolos aún más. Sin embargo, su encuentro (esa larga y fragmentada primera cita que comparten a lo largo de la película) representa una tregua, un bálsamo frente al tedio y la desazón. Quizás por esas libertades que propician los viajes, quizás porque se sienten reflejados en el otro, entre ambos surge pronto la confianza y la intimidad. Se entienden. Sus silencios son cómodos y sus palabras, las necesarias. Su vínculo es difícil de definir: ambiguo, medio platónico, se podría decir que su relación es agradable e imprecisa como buen sueño. Nunca sabremos que le susurra él a ella en la escena más icónica de la película. Lo único claro es que Bob y Charlotte comparten una de esas conexiones que pocas veces en la vida una persona puede llegar a experimentar.

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Lost in Translation está emparentada con clásicos como La Dolce Vita Vacaciones en RomaTrata sobre un encuentro irrepetible. Es sutil y dueña de una belleza particular. Está hecha de momentos, detalles y gestos hilvanados bajo una impronta sofisticada y melancólica al compás del dream-pop de Brian Reitzell, Kevin Shields y Air. Fue rodada en nostálgicos 35mm cuando el digital ya se había vuelto norma. Juega hábilmente con la luz y el color. Y consigue mezclar las dosis adecuadas de drama y comedia, aunque a veces el humor pueda caer en lo burdo.

La incuestionable química entre Bill Murray y Scarlett Johansson es uno de los factores que permiten que la película funcione y convenza. Bill Murray interpreta uno de los mejores papeles de su carrera, que parece hecho a su medida y que le llevó a ganar varios premios relevantes como el BAFTA o el Globo de Oro a mejor actor. No por nada llegó a declarar que Lost in Translation “es mi película favorita de todas las que he hecho”. Tampoco se queda atrás Scarlett Johansson, que siendo apenas una adolescente de 17 años en el momento que se rodó la película, logró encarnar sin fisuras a una mujer postuniversitaria en plena crisis de los 25.

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Sofía Coppola escribió y dirigió Lost in Translation inspirada por ciertos recuerdos e impresiones que dejó en ella Japón, después de vivir allí por largas temporadas, a una edad en la que se sentía tan confundida como sus personajes. Su trabajo recibió múltiples reconocimientos; entre ellos el Oscar al mejor guión original, merecido por la irreverente delicadeza con que logró contar esta historia sobre dos personas perdidas que se conocen y no encuentran respuestas ni soluciones pero sí un poco de empatía y comprensión.

 

Artículo de Esteban Zunin Yelpo.

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