Call me by your name: la simbiosis de un amor imposible en el verano del Romanticismo

Si Lord Byron, Polidori, Mary Shelley y su esposo Percy hubieran remado al viento en otra dirección, estoy seguro que acabarían atracando a orillas de esta costa del Mediterráneo. Un lugar dónde fracasar y aprender constantemente, pero, sobre todo, un lugar dónde pensar si “es mejor hablar o morir”.

Versión original, subtítulos en italiano y volví, como quién dice, de rebote, a la gran sala de un cine pequeñito en una de las estrechas calles de mi barrio preferido de Roma. El Intrastevere se llenaba de gente de todas las edades, sobre todo de esas señoras mayores de las que hablaba Isabel Coixet al recoger uno de sus últimos Goya. Había oído mucho y visto muy poco sobre ésta película (algo que equilibra perspectivas), pero al poco comprendí que, estuviera preparado o no, unas notas de un piano me iban a vomitar todas las verdades que nos estábamos callando, seguramente, más de la mitad de la sala.

“Fue aquel verano del incendio” de 1983 el que me atrapó en medio de un “invierno raro” bajo la premisa de una historia ya contada y, a la vez, muy poco sonada en la gran pantalla. Y así empezaba: sonando las teclas de John Adams entre los rostros impasibles del pasado. Se notaba el verano por todas partes, el arte y la cultura, la tranquilidad externa y los niños bien, pero de los que causan verdadera admiración (y una poca de envidia sana) y no recelo.

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Elio (el más que merecido nominado al Oscar, Timothée Chalamet) es más maduro que los chicos y chicas de su edad, pero no deja de ser un adolescente. Él ya se conoce, lo podemos percibir rápido, pero todavía tiene la edad para desentenderlo todo. Oliver (Armie Hammer, quién bien podría haber sido nominado también) ya maduró hace tiempo, pero peca a la hora de malinterpretar la madurez que conllevan sus años: la incertidumbre del salto al vacío le da tanto miedo como a cualquiera de nosotros. Elio y Oliver, entre ellos gira todo, es más que obvio y no os vamos a mentir cómo pudiera hacerlo otra deshonesta campaña de marketing.

‘Call me by your name’ trata del amor y, a la vez, del miedo. Nos muestra, con toda su tranquilidad y todo su exquisito ritmo, la pugna entre el irracionalismo más pulsional y el racionalismo más interno del verano emocional de un chaval y el invierno de un hombre. Y todo eso mientras escuchamos el diálogo de las plantas que asoman entre escenas como si las pequeñas elipsis de esta cinta recitaran las palabras del “Blowing in the wind” de Bob Dylan. El viento, como no podía ser de otra manera, todo el rato presente y con todo su simbolismo.

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Luca Guadagnino compone un film conmovedor que interpela con el espectador hasta en los créditos finales. La batuta de esta orquesta de sentidos la toman los contrastes y claroscuros de una fotografía muy personal a la par que sensitiva, y una banda sonora que cuando necesita aludir al melodrama acude a los susurros de Sufjan Stevens y cuando ve que ya no es necesaria, deja paso a la continuidad de la trama.

Un visionado necesario, que se aleja de lo pretencioso para mostrar, de la forma más natural  y verdadera, el caso de un amor imposible (mientras sigamos pensando que lo es) dónde la distancia es todo y nada y las rarezas de cada uno se quieren desatadas.

Una calle a oscuras, la parte de atrás de un pequeño cine en la zona con más encanto de mi nueva ciudad, y la ropa colgando en lo alto de unas cuerdas nos devuelven a la realidad. No me sale nada, pero la pregunta de Elio sigue en el aire: “¿Es mejor hablar o morir?”. Querida ‘Call me by your name’: me has dejado KO, pero me has enamorado.

Ya lo dijo en su momento Santiago Auserón: “Deja que me acerque, deja que me acerque a ti, quiero vivir del aire, quiero salir de aquí”, en ‘Escuela de calor’ de Radio Futura. Pero Elio, el nombre en italiano de ese “gas monoatómico incoloro e inodoro que solo puede ser licuado bajo presiones muy grandes y no puede ser congelado”, se dejó salir, en gran medida, pero parece difícil escabullirse de ese lugar al sur de Italia dónde Byron se hubiera quedado a vivir. Los tiempos cambian, ¿cambiaremos nosotros con ellos?

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David Vaquero

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