A Ghost Story: cariño, esta casa tiene una historia que contarme

Han destrozado el piano y ya nunca volverás a escuchar la Novena Sinfonía de Beethoven. Pero antes lo ignoraste, lo viste sustituible, y ahora lo miras desde arriba, con cierta distancia, recordando que ahora tú eres el sustituible y que la única compañía que te queda es ese antiguo piano desafinado. Pero la casa se te cae encima.

Échale la culpa al revés demoledor del destino por no dejarte poner punto y final a tu curiosidad, y con ello a tu historia. Esa que parece haberte convertido en una parte inherente de este terreno que presencia cíclicamente el renacer de las cenizas. Asusta a los próximos inquilinos del hogar mediante el poltergeist irascible de tu miedo a caer en el olvido, ellos van a robarte el espacio que un día ocuparon tus posesiones más valiosas. Y tus seres más queridos. Encárate con las estanterías, mientras Hemingway (‘Adiós a las armas’) y García-Márquez (‘El amor en los tiempos del cólera’) caen y derraman su tinta contra el suelo. La sutilidad de las líneas atemporales. Sumérgete en tu negación y escucha a las paredes. Pero, tal vez, el secreto de tu liberación solo resida en aceptarlo.

Tras el incidente de una muerte ya anunciada y repentina, los días pasan fugaces para el fantasma que cada mañana continúa con su ardua tarea de satisfacer su curiosidad antes de aprender la lección. En la misma posición, como si el tiempo pasara distinto para él. El único contacto que tiene es con uno de sus iguales olvidados al otro lado de la ventana, pero su infeliz amigo, a pesar de no recordar a quien espera, parece asumir la verdad. La sabana arrastrada por el parqué barre todo rastro de esperanza con el paso de las semanas, meses y años. El mundo sigue girando sin ti, pero no hay lugar como el hogar para madurar.

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Da miedo pensar en un futuro no carnal donde nos convirtamos en el espectador voyeur de nuestras vidas pasadas. Tal vez ese mensaje oculto pero continuamente latente en ‘A Ghost Story’ dé mucho más miedo que la historia de fantasmas que nos están contando: “puedes escribir un libro, pero las hojas se quemarán“.

En este largo cortometraje, en este cuento cruel, hay también belleza y recovecos reservados para el optimismo: “construimos nuestro legado pieza a pieza, y tal vez todo el mundo te recordará, o tal vez solo un par de personas, pero haces lo que puedes para asegurarte de que todavía estás por ahí después de que te hayas ido . El consuelo ante la imposible inmortalidad del ser.

Una oportuna banda sonora nos hipnotiza entre el crudo silencio de un cuadro en 4:3 en el que sólo esperas que el fantasma no interactúe contigo y que la ficción no se aloje en la realidad, que no te haga cómplice de su desengaño. Pero si se produce, no le juzgues, solo busca una respuesta para poder morir en paz.

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David Vaquero

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