‘Todos nos llamamos Alí’: amor, racismo y xenofobia, según R.W. Fassbinder

Rainer Werner Fassbinder fue el director más icónico y transgresor del “Nuevo Cine Alemán”. Inconformista y adicto al trabajo, llegó a dirigir más de 40 películas en apenas 13 años de carrera. Fruto de su necesidad de mantenerse constantemente ocupado, surgió Todos nos llamamos Alí: un largometraje de bajo presupuesto improvisado en 15 días, aprovechando el tiempo libre entre los rodajes de dos grandes producciones, que paradójicamente terminaría convirtiéndose en una de sus películas más apreciadas por el público y la crítica, aclamada en el festival de Cannes de 1974.

Emmi (encarnada por la sobresaliente Brigitte Mira) es una mujer de unos sesenta años, que trabaja como limpiadora. Una tarde, entra en un bar buscando refugiarse de la lluvia y conoce a Ali (El Hedi Ben Salem), un afable mecánico marroquí de etnia bereber, 20 años más joven. Contra todo pronóstico, ambos se enamoran y deciden emprender una vida juntos, pese al rechazo y a las críticas de su entorno.

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Fassbinder destacó por reinventar el melodrama, liberándolo de excesos y subrayando la humanidad sus personajes, inspirado por el retrato distanciado y teatral de la alienación propuesto por Brecht y el cine de grandes emociones con trasfondo social de Douglas Sirk. Todos nos llamamos Ali es una de sus películas en las que mejor funciona esta fórmula: desbordando compasión ante el sufrimiento de sus protagonistas y evitando mostrarlos como víctimas, sino como humanos muy humanos, contradictorios e inconscientes, que padecen como “oprimidos” y  actúan como “opresores” a un mismo tiempo.

En un principio, Ali se nos presenta como un trabajador migrante o gästarbeiter que trabaja de sol a sol, duerme en una pequeña habitación compartida con otras cinco personas y, aunque pasa su tiempo libre bebiendo con sus “amigos árabes” y tiene sexo esporádicamente con alguna mujer, no puede evitar sentirse solo y padecer esa mezcla de vacío, nostalgia e incertidumbre que carcome a cualquiera que se encuentra en una tierra extraña y hostil, en la que es difícil generar pertenencia. Por su parte, Emmi representa a una mujer mayor y de clase obrera que vive en el ostracismo: es viuda, carece de amistades reseñables y sus hijos la evitan. Él y ella son dos seres ansiosos de afecto que comparten la marginalidad y se unen para huir de la soledad.

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Sin embargo, su amor es respondido con odio. Su entorno no los entiende y reacciona rechazándolos y ridiculizándolos. Por el tipo de violencia al que se enfrentan, su relación se convierte una cuestión política. Fassbinder, que se definía como un “anarquista romántico”, tuvo una especial predilección por los personajes marginales, pertenecientes a minorías y en conflicto con los prejuicios e ideas dominantes dentro de la sociedad. Uno de los logros de su cine fue mostrar como entre la gente común de la Alemania de la posguerra aún seguían vivas ciertas ideas propiciadas por el fascismo. En concreto, en “Todos nos llamamos Ali” consigue, empleando unas pocas pinceladas, breves gestos y palabras, poner en evidencia el racismo y la xenofobia.

Los familiares y las vecinas y compañeras de trabajo de Emmi prejuzgan a Ali, sólo por su tono de piel y su origen, como un “salvaje”, un ser inferior e incivilizado, no humano, que representa una amenaza: unirse a él es degradarse y conlleva la expulsión automática del grupo. Contextualizando, cabe recordar que a lo largo de la historia las parejas mixtas fueron generalmente consideradas como un “peligro”: por ejemplo, durante el nazismo tras las Leyes de Núremberg estas uniones quedaron prohibidas a fin de conservar la “pureza de la raza aria”, y más recientemente en los Estados Unidos los matrimonios interraciales eran un delito en varios estados hasta que el Tribunal Supremo los legalizó en todo el país en 1967. Quizás el personaje que muestra una actitud más visceral en su rechazo sea Eugene, el yerno de Emmi (interpretado por el propio Fassbinder), que trata a los extranjeros como una suerte de chivo expiatorio en el que proyectar todas las culpas y las responsabilidades, odiándolos y canalizando a través de ese odio toda su rabia y frustración ante la realidad.

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No obstante, Fassbinder no quiere limitarse a mostrar a sus protagonistas resistiendo frente a la violencia y la discriminación: así que elige sorprender y dar un giro a la historia, haciendo que de forma repentina los miembros del entorno de Ali y Emmi empiecen a aceptarlos y a tratarlos con respeto y cordialidad: no porque hayan superado sus prejuicios, todos actúan con hipocresía, sino porque se han dado cuenta que Alí y Emmi les son necesarios y útiles para sus intereses: el tendero ansía recuperar a una buena clienta, el hijo quiere que su madre cuide a su nieto, la vecina necesita a alguien fuerte que le ayude a trasladar unos muebles…

Esta decisión permite situar a la pareja en otro contexto y analizarla desde una mirada distinta: con las aguas en calma, su relación entra en una nueva fase: es más fácil amarse cuando las energías están concentradas en una amenaza que está fuera de la relación y no tanto cuando la amenaza está dentro.

“El amor es la peor forma de opresión”, es una de las frases más celebres de Fassbinder. Para entender su conexión con Todos nos llamamos Ali hay que revisar una entrevista con el director, hecha en 1974 para la revista Cinéaste, en la que preguntado al respecto afirmó: “Cuando dos personas se encuentran y se inicia una relación, surge la cuestión de quién domina a quién. Siempre he encontrado personas que buscan a una figura paternal o maternal en su pareja. Cuando esto me sucedía, solía jugar a ser el padre o la madre por un tiempo. Claro, esto me gustaba; me gustaba dominar. Pero luego llegaba a un punto en el que comenzaba a reflexionar sobre lo que había hecho y me sentía apenado y ponía fin a esa dependencia […] Uno de los requisitos para amar sin someter al otro es que, de la misma forma que para aprender a vivir es necesario liberarse del miedo a la muerte, para aprender a amar es necesario liberarse del miedo a una conclusión, a un final, a la pérdida del otro”.

En una de las primeras y más reveladoras escenas, Emmi le dice a Ali entre lágrimas “soy tan feliz que tengo miedo” y él le contesta con un enigmático “Angst essen Seele Auf”, dicho árabe que se convertiría en el título original de la película y que se podría traducir como “el miedo devora el alma”. Estas palabras alivian momentáneamente a Emmi pero no logran disipar su inquietud. A partir de ese momento, se dejará llevar por el miedo a perder a Ali y lo controlará y lo dirigirá como si fuera un hijo y no su pareja, privándole del espacio y de la libertad necesaria para que sea él mismo. Por su parte, Ali, que la ama, la necesita y puede que busque inconscientemente en ella la calidez de una madre, no podrá evitar sentirse incómodo y agobiado por el dominio que Emmi ejerce sobre él. Esta dinámica insana, en la que afecto, miedo, dominación y codependencia emocional se entremezclan, termina saboteando la relación, provocando sufrimiento y haciendo que la pareja empiece a distanciarse. Para Fassbinder, la clave era ilustrar cómo “el miedo pervierte el amor”.

Todos nos llamamos Ali concluye con un final abrupto y ambiguo, marcado por la tragedia. Cuestionado por estos rasgos de su obra, Fassbinder solía comentar que con estos finales insatisfactorios quería provocar que el espectador sintiera la necesidad de buscar una “utopía”, una “esperanza” en una vida que merezca ser vivida y “que sea importante vivir”.

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Esteban Zunin Yelpo

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