Legión: Dios prefiere a los pecadores

Cesó la tertulia de las voces. Aunque, en realidad, parece que acaba de comenzar. Como sucedía al principio: cuando el problema se presentaba como una deliciosa mentira en forma de “don” y todo era más simple, y más complejo a la vez, pero, claro está, teníamos un héroe. Ahora tenemos un continuo soliloquio que acaba en una declaración de amor propio, “Soy una buena persona, merezco amor”, y tras este veredicto desconsolado: una fuga, en compañía, por supuesto. Sobre la mesa los ingredientes de una tragedia shakespeariana, sobre el papel el final abierto de un laberinto de inseguridades, y, como no podía ser de otra manera, un antihéroe, que siempre lo fue, pero ahora, cuando ellos han convertido a Anakin en Darth Vader, lo es con más sentido. Pero no adelantemos acontecimientos, no todo lo que empieza por el final tiene que ser el desenlace.

Noah Hawley lo ha vuelto a hacer. Pero esta vez ha decidido dejarnos aún más descolocados y expectantes. Concretamente en el preciso momento en el que se desató a una bestia a la que ya no compadecemos; en el segundo justo en el que la solución se convirtió en el problema; en el instante exacto en el que una fantasmagórica versión del Cornflake Girl de Tori Amos rezó un desesperado: “Esto no está sucediendo de verdad”.

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Y no sé en qué momento pensé que era una buena idea dejar de predicar y empezar a hablar con propiedad. Cambiemos hablar por escribir, porque soy más de lo último y porque me refiero a lo que estoy haciendo ahora mismo, a este acto de valentía. Porque yo era de recomendar esta serie hasta la saciedad, con el ánimo intacto de un niño que busca la complicidad con sus iguales, pero llega un momento en el que las expectativas pueden ensuciar el acabado final, qué aun siendo brillante, puede ser menos sorpresivo. Yo era de esos, y no lo hacía con muchas series, pero con Legión lo hacía. Me tenía hipnotizado, como las chicas de los libros de Miqui Otero. También era de los que experimentan un respeto casi sacro por las cosas que le apasionan y que no quiere que se vean menospreciadas con el contacto personal. Lo que quiero decir es que no me atrevía a escribir sobre arte de la misma manera que no me atrevía a mantenerle la mirada a las chicas bonitas. Además, me veía incapaz de abordar una serie que me había dejado tan trastornado y fascinado. Uno crece y madura, o eso dicen. Uno crece y todo le importa un poco menos, pero en el buen sentido. Así que seré breve, que no he venido aquí a hablaros de mi libro autobiográfico: no os voy a vender una serie, no me dedico a eso, os voy a contar porqué un caluroso sábado de verano me tiene escribiendo sobre la locura mientras escucho música clásica. No me tacharíais de bohemio si vierais mis pintas. Empezamos.

David Haller (Dan Stevens) ha vuelto con lagunas de su año sabático, y está igual de desubicado que siempre. Para quienes no lo conozcáis tenemos a un fugitivo, acostumbrado a ser perseguido por algo o alguien, una persona que huye constantemente para sobrevivir, aunque el enemigo viva dentro de él. Nuestro héroe, o antihéroe, según se mire.

Para el resto de integrantes de esta historia, ese año que ha pasado ha estado marcado por los cambios y la resignación. Aunque, a fin de cuentas, han sido cambios terrenales de un presente (si es que eso existe) convulso. Lo que desconocen es que los problemas ahora van a venir desde un futuro (si es que el futuro acaba siendo así) desalentador. Por si no tenían bastante ya con lidiar con sus realidades en continua confrontación.

De ese resto hay que fijarnos especialmente en tres de ellos, no porque no haya nada que contar de los demás, que si lo hay; ni porque no haya caras nuevas, que las hay, aunque a veces la cara sea lo que no veamos; sino porque en estos tres residirá la clave del rompecabezas.

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Por un lado, tenemos al villano: Amahl Farouk (Navid Negahban), más conocido como El Rey Sombra. Por fin en carne y hueso, o al menos con una presencia física, tan imponente como inquietante, pero con un toque friendly. Un malo elegante y a la altura de las circunstancias.

Por otro lado, vuelve nuestra necesaria dosis de Lenny (una tremenda Aubrey Plaza), que ahora busca su propio rumbo tras reencontrarse con una libertad condicionada por su propio karma. Esta vez es ella la que piensa y no la que hace pensar.

Y, por último, Sydney Barret (Rachel Keller), la Ariadna (¿o Teseo?) de este laberinto. Una Syd distinta, desconcertante por toda la complejidad que encierran sus pensamientos, pero la más humana de todos, aunque se dedique a evadirse como un gato. Un personaje vertical que se refugia en un iglú antes de meterte en el laberinto de sus recuerdos. Literalmente.

Todos ellos, incentivados por el miedo, han jugado con el futuro y se les ha acabado incendiado el presente. Un presente impregnado por una idea que fomenta la sospecha y que radia a todos con un halo de desconfianza. Una idea que puede ser muy peligrosa, sobre todo cuando se convierte en un delirio, y sobre todo cuando eres un dios de la distorsión.

Hawley nos pide atención, quiere que estemos atentos, como Christian Bale al inicio de El Truco Final. Lo que nos van a contar en forma de metáforas de corte didáctico en varios episodios –  el mito de la caverna de Platón o el delirio de los narcisistas, entre otros, – no es un cuento, sino una advertencia. Un aviso que dejará una pista en un patito feo con malas intenciones.

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Todo esto nos llevará a un final, o a un nuevo comienzo, según se mire, dónde tendremos tramas sin atar y preguntas sin responder; un duelo mental y otro emocional; y, sobre todo, una canción que tiene algo que decirnos (una versión de Behind Blue Eyes de The Who cantada por el propio Dan Stevens).

Y yo, todavía encajando el golpe mientras miro impasible los créditos finales del episodio, decido que tengo que volver a escribir, volver a ser un pesado, al fin y al cabo, pero esta vez con un escaparate virtual. Con la excusa y la necesidad de encontrar a gente que se ponga a pensar, que pueda ver héroes en villanos y villanos en héroes, que disfruten cuando no haya un Happy Ending y que le gusten los descarriados porque ellos dominar la Tierra.

Puede que sólo esté delirando con una idea que eclosionó una tarde de paseo por el plano astral de David Haller. Incluso, por poder, puede que hasta ya esté conjeturando con el devenir de los fugitivos y el destino de los escapistas y su futuro incierto, que a la vista es bastante negro. Y, entonces, de lo que estaré seguro es de eso que dijo Sydney cuando todavía confiaba en su hombre. Algo que, también, podría sonar a pista: “El amor es lo que tenemos que salvar si vamos a salvar el mundo”.

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David Vaquero

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