El Día de Mañana: Y para ti, ¿quién es Justo Gil?

El Día de Mañana es la última serie que he terminado. Hace exactamente cinco minutos. Una serie de seis episodios bajo la firma de esa compañía de telefonía con una eme regordeta azul. Sí, esa de la que David Broncano se enorgullece besando sus dedos, que van a parar a la solapa de su americana, cada vez que dicen su nombre. ¿Ahora sí? Vale, pues me ha dejado bastante fastidiado (de dolido emocionalmente). Un poco roto, la verdad. Y es que es una historia… complicada. Sí, creo que no lo podría definir mejor. Complicado, como los años en los que se ubica esta ficción tan real; como la vida de Justo Gil y de todos aquellos que le conocieron, o que creyeron hacerlo.

Ahora, sentados delante de la cámara, Carme Román (Aura Garrido) y Mateo Moreno (Jesús Carroza), junto a unas cuantas personas más que dicen conocerle, son interrogados y preguntados por alguien al que no vemos y no para de preguntar acerca de Justo. Si me detuviese a hablar de los nombres que hay dentro de los paréntesis, y de los del resto del elenco (no hay que olvidarse del papelón de Karra Elejalde como el comisario Landa), se nos haría de noche, así que sólo diré que en mi cabeza me duelen las manos de tanto aplaudir con las interpretaciones de este equipazo. Chapó.

Si a mí me preguntaran que cómo le recuerdo no sabría qué decir. Me costaría hablarlo abiertamente, supongo que porque mi interpretación de este atípico protagonista, brújula y enganche de todas las tramas, podría ser tan subjetiva que me dedicaría a daros una imagen de mí y no de él. Y no queremos eso. Por lo tanto, recurriré a una canción de Xoel López que decía: “Del lodo crecen las flores más altas, más altas”. Y Justo tenía el traje a medida hasta arriba de lodo, por no decir mierda. Aunque si era una flor, alguno de sus pétalos estaba marchito.

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Decía Oriol Pla, quién da vida al protagonista de la serie de Movistar, en una entrevista para la revista GQ, que su personaje es “un inválido emocional y no sabe lidiar con ello. Es un hombre corriendo hacia adelante“. Este hombre que corre es el engranaje de esta historia, dirigida por Mariano Borroso, que se instala en la Barcelona de la transición. Una época de cambios, idónea y nefasta para un hombre ambicioso. Un hombre hecho a sí mismo desde que llegó a la ciudad condal, con trabajo y actitud. Todo lo que tiene esta serie en grandes proporciones.

Entre una fotografía muy cuidada y una escenografía magnífica nos topamos con él: el corredor de fondo. Una persona entusiasta y atrevida, sin ninguna maldad encima salvo las que le acarrearán sus acciones. Flaco favor le hicieron sus progenitores cuando le pusieron ese nombre y las cosas se le empezaron a torcer años después. Serán todas estas malas decisiones, meditadas por él y desencadenadas por un infortunio del destino, las que le labrarán una reputación en la que vivir se convertirá en una continua persecución.

Todavía miramos fuera de las fronteras, echando el ojo en países de habla inglesa, buscando contenidos de calidad: series que, sin ser una obra maestra, merezcan nuestro tiempo, que en estos días es lo más caro. Alabamos HBO, consumimos Netflix casi las veinticuatro horas del día y nos jugamos la protección de nuestro PC en páginas web de sospechosas intenciones con tal de engullir opio durante 20 o 50 minutos, según si el día se presenta para una sitcom o más para un drama. No quiero pensar en lo que me estaré perdiendo, o mejor, en todo lo bueno que vendrá si he caído casi por casualidad (ha ayudado la publicidad en las marquesinas de autobuses y la promoción en el menú de mi televisor) en una joya de tales envergaduras. Quizá es una bonita excepción, pero prefiero verlo como un punto clave para darnos cuenta de todo el potencial que tenemos y el futuro tan prometedor que nos espera si se sigue por este camino. La calidad made in Spain hasta la médula. Un contexto que es el más cercano y oscuro de este país; unas interpretaciones que sobrecogen; una trama que recorre generaciones, décadas, estilos y sensaciones; y una historia que no te deja indiferente.

Y no me he leído la novela de Ignacio Martínez de Pisón, de donde está basada esta serie demoledora, pero si lo hiciera me sería inevitable ponerle la voz de Justo Gil a cada una de las palabras que se me aparecieran. Porque hay personas, otras veces personajes (otras ni lo distingues), que se te quedan a vivir durante una temporada en la cabeza (esperas, con cierta inquietud, en que en algún momento no puedan seguir pagando el alquiler). Personas, o personajes, a las que no puedes echar de la noche a la mañana porque las has cogido cariño, o porque te han dejado descolocado, pensando, en qué clase de persona (o personaje) es. Una especie de amor-odio. Una moral repentinamente contradictoria. Unos sentimientos encontrados en un momento equivocado. Un cariño especial, con una desconfianza necesaria. Pues con Justo Gil creo que debe pasar algo así.

Es duro haberte conocido, Justo. Pero me ha encantado conocerte.

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David Vaquero

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