‘Misión Imposible – Fallout’: Un hombre que no paraba de correr

Esta es la historia de un hombre que dejaba todo atrás, física y metafóricamente, para salvarnos el culo en el último segundo. Un hombre que corría y corría para llegar a tiempo a su cita con la muerte, y burlarla una vez más. Una carrera constante a pleno pulmón por mantener con vida al género (el thriller de acción en su máximo esplendor actual) en tiempos de superhéroes divinizados en un mundo hecho por CGI. Ésta es la historia de un hombre a contrarreloj.

Ya los mensajes no se auto destruyen como antes. Hemos pasado de gafas que explotaban en el aire tras la cuenta atrás a inofensivos sobres que echan humo e inundan la escena con un aura de misterio. Nos hacemos mayores hasta en las formas. Pero ni hablar de retiro ni mencionar el peso de los años como hicieran en las últimas entregas del agente 007. Ethan Hunt es distinto: sigue siendo atractivo, pero no se dedica al buen acto de la seducción (por favor, es un hombre casado), aunque pretendientes no le falten; si hay que ponerse traje ahí que lo luce sin tapujos, eso sí, la corbata nos la dejamos en casa (el Pedro Sánchez del espionaje), un arreglado pero informal de toda la vida; a él le pueden ordenar, pero en última estancia sólo responderá ante su credo: todos para uno y uno para todos. Si James Francis Ryan hubiera sido su amigo, lo hubiera salvado en menos de veinticuatro horas y el capitán Miller estaría vivo.

Él, y únicamente él, es la FMI. Bueno, él y su equipo, que por una vez en la filmografía parece repetir en toda su totalidad sin nuevas incorporaciones estelares. Ahora bien, debido al convenio que tienen con la CIA han tenido que dejarle un hueco al nuevo chico que ha llegado a la oficina, uno que viene de ese mundo hecho de efectos especiales. Pero si Clark Kent no es Superman por unas gafapastas mucho menos lo será por un bigote, ¿no? Henry Cavill, el martillo pilón de la cinta del que no dejas de pensar: “algo trama”.

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El que también repite es Christopher McQuarrie, el co-guionista y director de la anterior entrega (‘Misión Imposible: Nación Secreta’) regresa a la saga llevando la acción aún más lejos y respondiendo, ahora, por vía Twitter las dudas técnicas sobre su propio film. Nadie debería pedirle explicaciones (aunque no todo sea perfecto en la cinta), pero por si tienen curiosidad, ahí tienen una masterclass. Junto a él también vuelve Solomon Lane (un Sean Harris mucho más maquiavélico y descuidado físicamente); el eterno villano de la serie de la que se basan las películas de Ethan Hunt, y, por ende, todos sus fieles apóstoles que quieren llevar la buena nueva al mundo mediante el caos: no hay paz sin sufrimiento.

Y es que en esta nueva entrega de Misión Imposible hay un mensaje mucho más existencialista de lo que parece, tanto en torno a las decisiones de Hunt y los efectos colaterales que éstas producen (pista en el título), como a los objetivos de sus contrincantes. Un enfrentamiento entre el deber y la estabilidad, del que siempre acaba ganando el primero, y gracias a ello la supervivencia de la saga. Una que se aleja de lo pretencioso y se centra en hacernos pasar un buen rato. Y entretenernos durante dos horas y media no es cosa fina.

Porque en esta ocasión el listón no baja, incluso, para nuestra sorpresa, lo encontramos todavía más alto. Al igual que a nuestro protagonista, siempre cuesta arriba: escalando una montaña sin arnés (¿guiño a la segunda entrega dirigida por John Woo?) para frenar el apocalipsis. Un héroe mesiánico que nos pide un poco de fe. Él se dejará su integridad física: dos huesos rotos del tobillo es el precio de querer grabar todas sus escenas de acción, nosotros sólo tenemos que confiar.

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Son muchas las razones para huir del calor y refugiarte en una sala de cine, pero por si necesitabas una más, Tom Cruise (es algo casi paranormal que haya conseguido sortear inintencionadamente este nombre hasta este punto, ¡¿cómo lo he hecho?!) y Christopher McQuarrie te traen, no sólo el blockbuster del verano, sino una de las mayores películas de acción de la década. Peleas al más puro estilo kali de Jason Bourne, triángulos amorosos sin cerrar (Michelle Monaghan ha vuelto y Rebecca Ferguson no quiere irse), momentos cómicos (Simon Pegg siempre está por ahí), plutonio en manos no soviéticas; una femme fatale intermediaria (inquietante Vanessa Kirby), enigmáticos alias de villano (¿tal vez un poco predecible lo de John Lark?) y persecuciones para el recuerdo por París.

Este polvillo radiactivo (como, con mucho acierto, también se podría traducir Fallout) irradia alguna que otra concesión de guión, pero presenta grandes ideas para el avance de una saga necesariamente gobernada por un hombre que no para de correr. Un hombre de 56 años (joder, Tom, ¿cómo lo haces para conservarte así?) que sigue estando en plena forma. Porque como diría su inseparable Luther (Ving Rhames nunca se pierde una): “Amigo mío…” sólo tú encuentras leña. Vale, ahí me he permitido terminarle yo la frase, pero quién se haya visto la película que no me diga que no encaja perfectamente esa sentencia tras ese clímax montado al estilo del Cotton Club.

Así que… ¡Corre, Tom, corre! Nosotros envejeceremos mientras nos deleitamos, cada tres o cuatro años, de tu manera tan particular de correr, de tu kamikaze estilo de querer salvar el mundo a ciegas, con la certeza de que finalmente lo conseguirás. Porque él es el mejor en su trabajo y su trabajo es hacernos disfrutar.

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David Vaquero

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